Desentenderse de la política no es bueno. En América Latina los políticos, que tantas veces han engañado y estafado a sus pueblos, integran una galería de truhanes. Aprovechándose del poder terminan salpicados por la corrupción política que, en opinión del jurista peruano José Ugaz, es histórica y sistémica. Quien esto escribe la define como “la madre de todas las corrupciones”. Todavía no he encontrado a ningún intelectual que la desvirtúe.

Opinión

El precio de desentenderse de la política

Jorge Castillo / Politólogo

lunes 29, octubre 2018 • 12:00 am

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Desentenderse de la política no es bueno. En América Latina los políticos, que tantas veces han engañado y estafado a sus pueblos, integran una galería de truhanes. Aprovechándose del poder terminan salpicados por la corrupción política que, en opinión del jurista peruano José Ugaz, es histórica y sistémica. Quien esto escribe la define como “la madre de todas las corrupciones”. Todavía no he encontrado a ningún intelectual que la desvirtúe.

En todo esto subyace una paradoja: los políticos ambiciosos, pícaros y habilidosos, llegan y se sostienen en el poder por medio del voto democrático. Una vez ocupan el cargo (ya sea a nivel ejecutivo, legislativo, judicial y/o municipal) ignoran los principios y valores éticos que sus electores esperaban ver impregnados en sus actuaciones. Sobrada razón tiene el expresidente uruguayo José Mujica, cuando señala que “el poder no cambia a las personas, solo revela lo que verdaderamente son”.

Por ejemplo, la operación brasileña “Lava Jato” ha destapado una trama de sobornos que ha salpicado a gobernantes de no menos de 12 países en el “Caso Odebrecht”, conglomerado brasileño de negocios de ingeniería y construcción que se calcula, de acuerdo a la agencia France Press, erogó no menos de 3 mil millones de dólares en sobornos, a cambio de obtener la adjudicación de grandes proyectos.

Informes de “Transparencia Internacional” revelan la opacidad y corrupción que miran expertos privados en diferentes países del mundo. El año pasado, dentro de un universo de 188 países en una escala de entre 100 puntos (más transparentes) a cero puntos (altamente corruptos) nuestro país no alcanza la media de 50 puntos (tiene apenas 43) junto a un tercio de  naciones más. Nuestro referente no debería ser Venezuela (el más corrupto de América) sino Canadá, que considera prioritario luchar contra la corrupción, tener una institucionalidad fuerte y un liderazgo con voluntad política para hacerlo.

Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos, Pedro Pablo Kuczynski, Alejandro Toledo, Allan García, Ollanta Humala, Jorge Glas, Ricardo Martinelli, Otho Pérez Molina, Roxana Baldetti, Álvaro Colom, Elías Antonio Saca, Mauricio Funes Cartagena, Luis Inácio Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Cristina Fernández, Nicolás Maduro, Daniel Ortega y otros que en su momento aparecerán, son parte de esa galería de truhanes.

Nuestra corrupción es estructural, expansiva y progresiva; es como el deporte favorito para algunos políticos, burócratas y empresarios deshonestos. Es imperativo que la fiscalización de los fondos públicos sea más rigurosa, independiente y efectiva. Urge que las instituciones públicas constitucionalmente responsables de eso, actúen con independencia y eficacia. Es ine­ludible sanearlas y fortalecerlas. Eso demanda una tarea legislativa de primer orden: llenar los vacíos legales que permiten la discrecionalidad del funcionario público para usar y abusar de los recursos públicos.


Con Flores, Saca y Funes nos fue mal porque en lugar de combatir la corrupción se nutrieron de ella. Por eso es lógico que tres de las cuatro fórmulas presidenciales se enrostren lo mismo (“Devuelvan lo robado”). De ahí que para los candidatos, combatir la corrupción no sea solo una opción, sino una obligación. El nuevo presidente deberá  trabajar de la mano con el Órgano Legislativo. Si no lo hace, que no le quepa la menor duda que terminará engrosando la galería de truhanes latinoamericanos. Por eso, preocupa la intención gubernamental de crear nuevas regulaciones para censurar los contenidos de los medios de comunicación, creando consejos consultivos que autoricen lo que van a transmitir.

Ejercer el buen gobierno no será nada fácil para quien resulte electo. El país requiere de un Presidente que junto a su equipo de trabajo llegue a resolver desde el primer día, teniendo conciencia (y expresarlo al pueblo) que ni un partido por sí solo, ni un solo gobierno, nos sacarán de las graves problemáticas generadas por las cúpulas partidarias durante las últimas tres décadas.

Como decía Platón: “El precio de desentenderse de la política será el de ser gobernados por los peores hombres”.