Lord Acton, un historiador católico inglés, en 1887, refiriéndose a la politica de su país, sentenció algo que ha resonando constantemente en la vida de las naciones: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Opinión

“El poder tiende a corromper…” y lo que sigue también (II)

Rubén I. Zamora / Abogado, político y diplomático

jueves 27, agosto 2020 • 12:00 am

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Lord Acton, un historiador católico inglés, en 1887, refiriéndose a la politica de su país, sentenció algo que ha resonando constantemente en la vida de las naciones: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La frase encapsula una de las características fundamentales del Poder, en la familia, el campo social, el económico y el político, que es el  establecimiento de desigualdades. Así, el poder político establece una desigualdad estructural entre gobernantes y gobernados al igual que el poder económico capitalista lo hace entre propietarios y trabajadores, esto es inherente a toda asociación, desde las primitivas de animales hasta las humanas y las desigualdades son la madre de la corrupción ya que si todos fuéramos iguales no habría espacio para la corrupción.

El poder político enfrenta la corrupción de dos maneras diferentes: la democrática y la dictatorial, la democrática mediante el establecimiento de normas que definen las atribuciones y limitaciones del gobernante (la Constitución) y que este está obligado a cumplir y dar cuenta de ello, de lo contrario, el pueblo lo puede despojar del poder mediante elecciones o insurrección; mientras que en la dictadura es la voluntad del gobernante o de su partido quien define las atribuciones y límites de su ejercicio del poder, no hay sumisión del gobernante a una institucionalidad previamente definida ni al imperio de la ley, sino que el parámetro es su voluntad y arbitrio, para él la corrupción es solo un vicio de sus oponentes y está ciego a la de sus funcionarios.

“Desigualdad–poder–corrupción” son tres elementos que se generan mutuamente en la sociedad, así, al irse desarrollando la sociedad, la desigualdad genera la necesidad del poder político y este tiende a generar corrupción en sus detentadores si no es controlado por la sociedad misma.

En la sociedad, la desigualdad genera la competencia, y si bien, es necesaria para el avance social, al mismo tiempo es una fuerza orgánicamente ilimitada (entre más tengo más quiero), y al carecer de frenos externos produce corrupción; esto se aplica tanto a la politica como a la economía, donde la competencia lleva a la concentración del poder económico cada vez en menos manos, profundizando asa la desigualdad en la sociedad.

No pocos ciudadanos, ante la corrupción pública apelan  a la  mano dura y el autoritarismo, pero la realidad nos confirma que la democracia es la que garantiza más eficientemente el control de las tendencias negativas del poder político y en concreto de la corrupción.


La lacra de la corrupción pública es hoy un fenómeno mundialmente denunciado, pero sus raíces siguen siendo no solo la incapacidad del sistema político para contenerla sino la creciente desigualdad económica desatada por el neoliberalismo,  los hallazgos de OXFAM lo muestran: el 1% de los humanos más ricos, acapara el 99% de la riqueza mundial y los billonarios más ricos poseen más riqueza que 4600 millones de personas (el 60% de la población mundial), mientras, aproximadamente 735 millones de personas siguen viviendo en la pobreza extrema. Esto coincide con el descubrimiento de escándalos de corrupción a nivel mundial por grandes corporaciones, abanderadas de la desigualdad.

Transparencia Internacional, a partir de 2012 hasta hoy, realiza una encuesta anual mundial sobre el avance o retroceso en la percepción de la corrupción en 180 países; los resultados de 2019 arrojan que son solo 52 países los que lograron una puntuación de 50 a 100 mientras que 130, es decir más de los 2 tercios, la tienen menor de 50, y son calificados como “más corruptos”; al cotejar con el estudio sobre la democracia en el mundo, de la Unidad de Inteligencia del The Economist, nos muestra que los 10 países menos corruptos son todos democracias completas, mientras que en el extremo opuesto, los 54 regímenes autoritarios, todos se encuentran ubicados en la categoría de los “más corruptos”. Nuestro país se encuentra en el lugar 116 en el índice de corrupción, y es calificado como “democracia débil” desde 2014 en que obtuvo 39 puntos, pero ha ido bajando hasta 34 el año pasado.