La soberanía, (del latín superus: suprema autoridad) supone por definición un poder superior, un poder sobre los demás poderes, que tiene dos componentes fundamentales: uno de carácter jurídico, y otro de carácter fáctico.

Opinión

El ocaso de las soberanías

Dr. René Fortín Magaña / El IIDC publica este artículo como homenaje póstumo a su recientemente fallecido expresidente

viernes 21, agosto 2020 • 12:00 am

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La soberanía, (del latín superus: suprema autoridad) supone por definición un poder superior, un poder sobre los demás poderes, que tiene dos componentes fundamentales: uno de carácter jurídico, y otro de carácter fáctico.

El componente jurídico proviene del ordenamiento institucional del Estado cuya norma fundamental, en el caso de nuestro país, expresa literalmente, en su artículo 83, lo siguiente: ‘‘El Salvador es un Estado soberano. La soberanía reside en el pueblo, que la ejerce en la forma prescrita y dentro de los límites de esta Constitución’’.

El componente fáctico, deriva del poder efectivo y contundente para imponerse sobre los demás. Juan Bodino, Nicolás Maquiavelo y Thomas Hobbes, dieron forma a este atributo en los siglos XVI y XVII, otorgándoselo al monarca, con el fin de que se impusiera a los otros poderes existentes, entre ellos el de los señores feudales. De la lucha de poderes emergió un súper poder: el del soberano.

Paralelamente, la soberanía, después de sangrientos episodios históricos que estremecieron al mundo, cambió de titularidad: al caer las testas coronadas, pasó por un tiempo a la nación, entidad abstracta, sin posible fijación, y sujeta a variadas interpretaciones. Finalmente, pasó al pueblo, quien expresa tangiblemente su voluntad en las urnas.

El atributo de la soberanía se enarboló durante mucho tiempo como un estandarte de orgullo nacional. Y hay que reconocer que, en gran medida, ese atributo fue reconocido en el orden mundial y sirvió de base para la estructuración de los organismos internacionales.

Pero con el surgimiento del mundo unipolar y el auge de la globalización, emergió un fenómeno histórico de singular importancia que ha modificado las reglas del juego. Los países centrales, especialmente la máxima potencia, han fortalecido sus soberanías, mientras los países periféricos literalmente las han perdido, conservándolas sólo como una expresión nominal en sus constituciones, sin poder alguno para resistirse a la voces de mando planetarias.


Si bien nunca fueron enteramente coincidentes los componentes jurídico y fáctico arriba mencionados, el caso es que se ha ensanchado notablemente la distancia entre ellos.

Un derecho solo alcanza eficacia cuando se puede hacer valer. Pero ante las decisiones de las grandes potencias ¿podemos hacer valer nuestra soberanía? Sin llamarnos a engaño, la respuesta es negativa.

¿Qué podemos hacer, entonces, ante el implacable alud de estos acontecimientos históricos?

Para los pueblos pequeños, el concepto de soberanía, resulta vital para no verse arrasados en sus culturas, sus economías, sus sistemas institucionales, sus creencias, sus aspiraciones y en todo lo que configura su identidad nacional. Preservar ese atributo, que respalda su autonomía interna y si independencia externa resulta imprescindible.

Pero el antiguo concepto de soberanía nacional tiene que dar paso, sin duda, al concepto de soberanía regional, modalidad que vuelve a acercar los aspectos fácticos y jurídicos de dicho atributo. Qué duda cabe que una región, como la Unión Europea con su nueva Constitución, y como los países andinos que avanzan a través de distintos instrumentos, tiene una fuerza real muy superior, mil veces superior, a la de cada uno de los países que la integran.

Por eso, mantener desunida a Centroamérica es un pecado histórico inconmensurable. He aquí un eje fundamental para nuestra política exterior que no debe perder la brújula: la persecución y consolidación no sólo de la integración económica, sino la unión integral, política, de Centroamérica, trasladando nuestras soberanías particulares, por medio de un pacto federal, a lo que sería un Estado soberano de veras, con voz fuerte y segura en el concierto internacional.

Sin una soberanía popular efectiva, el Estado de Derecho sigue siendo un ideal.

La Constitución de 1983 reza: ‘‘Art 83.- El Salvador es un Estado soberano. La soberanía reside en el pueblo, que la ejerce en la forma prescrita y dentro de los límites de esta Constitución’’. También proclama soberanía territorial así: ‘‘Art 84.- El territorio de la República sobre el cual El Salvador ejerce jurisdicción y soberanía es irreductible…’’.

También con respecto al Presidente de la República, así: ‘‘Art 168.- Son atribuciones y obligaciones del Presidente de la República: 2° Mantener ilesa la soberanía de la República…’’. Finalmente, con respecto a la Fuerza Armada: ‘‘Art 212.- La Fuerza Armada tiene por misión la defensa de la soberanía del Estado…’’.