Las personas piensan o se imaginan que vivir dentro de un territorio específico que por muchos años (siglos, quizá) se le ha llamado de tal o cual manera, pues eso es tener un país. Lo de patria es un asunto sentimental. Lo de república, un asunto jurídico o político, o ambas cosas a la vez. Pero lo de estar en un país tiene mucho más que ver con la vida cotidiana.

Opinión

El No-País

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 7, septiembre 2021 • 12:00 am

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Las personas piensan o se imaginan que vivir dentro de un territorio específico que por muchos años (siglos, quizá) se le ha llamado de tal o cual manera, pues eso es tener un país. Lo de patria es un asunto sentimental. Lo de república, un asunto jurídico o político, o ambas cosas a la vez. Pero lo de estar en un país tiene mucho más que ver con la vida cotidiana.

Lo que ahora discurre en este país llamado El Salvador no deja de ser desconcertante. En 2009, se rompió la larga trenza de hegemonía conservadora que había primado, por lo menos, desde 1932. Ese tipo de hecho, ameritaba una convalidación consecuente de quehaceres prácticos en la esfera estatal que pudiera validar esa ruptura en el imaginario colectivo. ¿Pero qué pasó?

Hubo dos gobiernos (10 años) de la marca ‘Fmln’ que no pasaron de la expectativa y de la mueca del cambio.

La catastrófica derrota electoral, en febrero de 2019, de los partidos políticos tradicionales (donde las marcas ‘Arena’ y ‘Fmln’ representaban la mayoría electoral) tiene un relevante significado en la vida de este país. No ha sido un accidente en el camino. Tampoco se ha tratado solo de una astuta maniobra de marketing electoral que el nuevo grupo de poder fraguó amparado sobre el espectro de lo cian. Comprender esto que ha ocurrido y las consecuencias que hoy siguen marcando la situación del país, debería ser una tarea política a cumplir.

Lo primero que habría que abandonar es la idea fácil de señalar que el nuevo grupo de poder carece de nociones estratégicas. Y esto no obstante lo que algunos voceros cian en su fraseo muestran. Quizá no hay un planteamiento estratégico como el que se estaba acostumbrado a ver y a padecer con los partidos políticos tradicionales (y sus patrocinadores), hoy acorralados y cansados por tanto ‘rabitt punch’ recibido. Pero el nuevo grupo de poder por supuesto que tiene objetivos estratégicos, quizás a su pesar, y el hecho de haber pulverizado el sistema de partidos y ahora estar modificando de forma drástica el sistema político nacional y reacomodando, por tanto, la institucionalidad estatal da cuenta de ello.

Otro asunto es si este tipo de acciones políticas, por lo demás disruptivas, podrán sostenerse en el tiempo sin causar reacciones socio-políticas masivas, relevantes y amenazadoras para la nueva situación reinante.   Y un dato más, que no es baladí: el hecho de que el nuevo grupo de poder vaya ‘adelante en la narrativa’ que en medios y en redes sociales circula, es un indicador de que se le va la vida en la anticipación, presupuesto básico de lo estratégico.


Ahora que el elefante de la política deberá pasar por el orificio de la aguja, se podrán constatar qué tan realistas son los objetivos estratégicos cian y de qué modo los pasos tácticos no quedan nadando en la nata frágil de lo disperso e incoherente.

El bitcoin, el endeudamiento externo, la crisis fiscal, la matriz económica dependiente, la siempre lerda acción del aparato estatal (porque hay cambio de autoridades, no una reforma institucional), las rémoras del subdesarrollo (que el acceso a telefonía móvil y la generalización de Internet no resuelven), entre otras cosas, son el test que el nuevo grupo de poder tendrá que contestar, y del que deberá salir avante si es que ha llegado para quedarse.

Todos los gobiernos muestran su obra, su obra física, digamos. Este gobierno no es la excepción. Y todos los gobiernos promocionan sus haceres físicos (carreteras, puentes, edificaciones, inversiones hidroeléctricas, construcción de infraestructura educativa o lo que sea). Este gobierno no es la excepción. Y todos los gobiernos han dicho que lo que ejecutan es lo más importante, lo más grande que se ha hecho en su género. Este gobierno no es la excepción. De ahí que la única manera de constatar si es importante o no lo que se está haciendo, es trayendo a cuenta cuáles son los problemas fundamentales de un país como El Salvador.

Los temas de agua, de educación-cultura, de procesos urbanos, de sustentabilidad ambiental, de democracia son, sin duda, asuntos cruciales, y por eso hay que analizar qué pasa con ellos.  Si el quehacer estatal impacta de forma favorable sobre estos problemas fundamentales, pues vamos por buen camino. Pero si lo que se hace no tiene nada que ver con los problemas fundamentales, entonces caminamos a toda prisa hacia el reino de EL NO-PAÍS, que es como decir: ‘No por mucho madrugar amanece más temprano’.