El camino a las urnas se acorta, la campaña electoral arrecia y las encuestas recogen la amarga percepción popular sobre nuestras instituciones. No es poca cosa que 90 de cada 100 salvadoreños pidan un cambio de rumbo. Tristemente, 71 de cada 100 encuestados desaprueba la gestión del presidente. El pesimismo es el común denominador en casi todos. Solo un 9% cree que el país mejorará (Encuesta “Marketing y Tendencias”, período del 18 al 21 de enero del presente año).

Opinión

El desprestigio de las instituciones públicas

Jorge Castillo / Politólogo

lunes 12, febrero 2018 • 12:00 am

Compartir

El camino a las urnas se acorta, la campaña electoral arrecia y las encuestas recogen la amarga percepción popular sobre nuestras instituciones. No es poca cosa que 90 de cada 100 salvadoreños pidan un cambio de rumbo. Tristemente, 71 de cada 100 encuestados desaprueba la gestión del presidente. El pesimismo es el común denominador en casi todos. Solo un 9% cree que el país mejorará (Encuesta “Marketing y Tendencias”, período del 18 al 21 de enero del presente año).

El desprestigio en que han caído las instituciones políticas es irrefutable. Salpica a los partidos políticos en general, a la Asamblea Legislativa, al Órgano Judicial, a la Fiscalía General de la República, a la Corte Suprema de Justicia, a la Policía Nacional Civil.

A la Presidencia de la República, la de más arraigo histórico y constitucional, los últimos tres presidentes la cubrieron de opacidad, ineptitud y corrupción. Dos de sus inquilinos la convirtieron en algo parecido a un nido de ratas. Es curioso, pero comprensible,  que a pesar que las evidencias están a la vista, Saca y Funes hayan recibido de una manera tan  diligente sus respectivos finiquitos.

Y si de legitimidad quisiéramos hablar, bastaría decir que el actual entró a la casona con apenas un 0.19%  por encima de su rival por 6,000 pírricos y cuestionados votos. Miren ahora la aceptación que tiene alguien que, en un demagógico momento, dijo que se pondría al frente de la seguridad pública. Lo que no dijo si era para empeorarla o para mejorarla.

La corporación policial desde hace ratos viene siendo cuestionada. El periodista Héctor Silva Ávalos destapó bastante de lo que allí ocurre. El problema responde a sus fallas de origen. ¿O no es cierto que el ingreso expedito de quienes en su momento fueron delincuentes terroristas? ¿No se acuerdan de la parafernalia que rodeaban los “esperanzadores” anuncios de las manos duras y súper duras?

Cuando los principios y valores éticos comienzan a erosionarse dentro de una corporación policial, es cuestión de tiempo su inminente descomposición. Con justa razón la defensora de los derechos humanos, Bessy Ríos, cuestiona acremente el rol de instituciones como la PNC, la FGR y al Órgano Judicial, en el caso de “El Colombiano”, el antisocial abatido por la policía en un enfrentamiento en proximidades de la Colonia San Patricio. Además, en las redes sociales se condena la impunidad que rodea el reciente “desaparecimiento” de una agente policial. A lo mejor, las interrogantes sobre este inaudito caso se despejen… pero hasta después de las elecciones.


De la Asamblea Legislativa y los partidos políticos que no hay novedades, pues tienen décadas de estar en el sótano de la opinión pública. Resulta inexplicable, irracional e irrespetuoso que quien resultó ser el diputado más votado del país no la presida. Pero es absolutamente comprensible a la luz del pacto entre el partido oficial y su principal aliado político. Sin embargo, sería injusto no mencionar que hay honrosas excepciones en la actuación de algunos diputados. Como son pocos, su buena labor es opacada por las habilidosas y descaradas picardías de algunos de sus homólogos.

Del estamento militar hablaremos después. Por ahora solo diremos que el hecho de aparecer mejor evaluado que otras entidades mencionadas en aquella encuesta, no se debe precisamente al “liderazgo” de su Comandante General o al de su Ministro de la Defensa, sino al secretismo con el que  se manejan las cosas en el sector castrense. Por tanto, la mayoría de la población no se entera de las inconformidades y descontentos que hay en su interior, de los presuntos planes de ideologización al estilo sudamericano o del cobarde silencio del generalato actual, quienes por temor a perder privilegios y/o cargos guardan un sepulcral silencio.

El desprestigio de las instituciones públicas responde a la ineptitud y falta de ética y liderazgo de quienes las presiden. ¡El rumbo sí tiene que cambiar!