No voy a referirme a la improvisación de las medidas, ni a la falta de rendición de cuentas, ni a las barbaridades jurídicas perpetradas –como el incumplimiento a las sentencias de la Sala de lo Constitucional– sino a algo más humano, que podría marcar una gran diferencia en la vida de muchas personas que están sufriendo de hambre, de desesperación, de angustia o estrés, porque perdieron su sustento, por el encierro, por su precario estado económico.  Quiero referirme a un virus que parece estar presente desde el principio, pero que se ha agravado durante la pandemia del COVID-19 entre los voceros o representantes del presidente de la República: la falta de EMPATÍA, que es la capacidad para identificarse con alguien y compartir sus sentimientos.  Ese sentimiento humano, que a pesar de ser como un bálsamo para quien sufre y gratis para quien lo aplica, es tristemente muy escaso entre los miembros del entorno presidencial.

Opinión

El desgarrador virus que padecen los miembros del entorno presidencial

Lilliam Arrieta de Carsana / Abogada

jueves 14, mayo 2020 • 12:00 am

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No voy a referirme a la improvisación de las medidas, ni a la falta de rendición de cuentas, ni a las barbaridades jurídicas perpetradas –como el incumplimiento a las sentencias de la Sala de lo Constitucional– sino a algo más humano, que podría marcar una gran diferencia en la vida de muchas personas que están sufriendo de hambre, de desesperación, de angustia o estrés, porque perdieron su sustento, por el encierro, por su precario estado económico.  Quiero referirme a un virus que parece estar presente desde el principio, pero que se ha agravado durante la pandemia del COVID-19 entre los voceros o representantes del presidente de la República: la falta de EMPATÍA, que es la capacidad para identificarse con alguien y compartir sus sentimientos.  Ese sentimiento humano, que a pesar de ser como un bálsamo para quien sufre y gratis para quien lo aplica, es tristemente muy escaso entre los miembros del entorno presidencial.

Se han observado tantas manifestaciones de este virus, que esta columna no alcanza para cubrirlas todas, pero examinemos algunos ejemplos. Comencemos con la horda de troles y seguidores del presidente que despreciaron y se burlaron de la señora que gritaba desesperada porque no recibió los US$300. Es tan grande su afán por callar a los críticos del Gobierno que no pudieron sensibilizarse, ni por un segundo, con la desesperación de esta señora que estalló como un volcán, porque solo ella sabía los efectos que la falta de este subsidio tendría en su vida; afortunadamente fue ayudada por algunas almas nobles, pero no por el Gobierno, el cual, como expresa el artículo 1 de la Constitución, debería de poner a la persona humana al centro de todas sus políticas públicas.  Igual a ella hay muchos ancianitos en áreas rurales del país a quienes no les está llegando ni un dólar de esos miles de millones que se le autorizaron al Ejecutivo, pero nadie en el GOES está hablando de esto. Hablan de canastas de ayuda alimenticia que cada día son menos y más pequeñas.

Cuando a través de los decretos más recientes se suspendió el transporte público de la noche a la mañana, a nadie del entorno presidencial se le ocurrió que las poblaciones más vulnerables solo cuentan con el transporte público para movilizarse.  El secretario jurídico, por mencionar un ejemplo, dijo que “la gente podía caminar”. De seguro, cuando redactó el decreto, no pensó en los enfermos de cáncer, de los riñones o cualquier otra enfermedad con tratamientos impostergables programados para el día siguiente, quienes tendrían que caminar varias horas para poder llegar al hospital.  Estas decisiones tomadas durante la noche con órdenes para ser ejecutadas a partir de las cero horas, sin un plan de contingencia para transportar a médicos, enfermeras y enfermos al día siguiente, además de denotar falta de planificación, denotaron falta de consideración con las personas más vulnerables. Los medios de comunicación y las redes sociales nos mostraron imágenes desgarradoras de enfermos caminando durante varias horas o llevados en sillas de ruedas hasta el hospital para poder recibir un tratamiento médico indispensable, así como de enfermeras o vigilantes privados saliendo de turno de 24 horas o más, completamente perdidos, a media calle, sin saber cómo regresarían a sus casas por no haber transporte público.

El caso de la señora que fue detenida y llevada a un centro de detención porque salió de su casa para llevar a su hijita Cindy a la letrina que se encontraba fuera de la casa es de lo más inhumano que se ha visto durante esta crisis.  ¿Qué les pasa? ¿Qué virus les robó la humanidad y la sensibilidad hacia el sufrimiento de los demás, de su gente, de ese pueblo que al asumir el presidente el 1 de junio de 2019, juró proteger?

Luego hay casos menos graves, pero  que igualmente denotan falta de sensibilidad con la situación de los demás; por ejemplo, el señor al cual las autoridades sorprendieron con 2 gaseosas y un pastel el día de la madre, quien fue objeto de represalias y burlas por voceros gubernamentales, cuando de seguro era lo único que podía comprar para celebrar el Día de la Madre. Finalmente, del funcionario que apareció en una conferencia de prensa con una mascarilla de diseñador de esas que, según varios sitios de ventas en línea, cuestan más de US$1,500, mejor ni hablar.

La pobreza y la brecha social en este país son enormes y el COVID-19 las está aumentando aún más.  Si el Ejecutivo no puede resolver las desbordantes necesidades reales de la población, por lo menos no se burle, no la amenace, no le produzca más daño ni más dolor. La falta de empatía de muchas personas, pero sobre todo del entorno presidencial es el virus para el cual necesitamos una cura inmediata.