Corrupción, inseguridad, desigualdad, ineptitud e impunidad ha sido el común denominador en nuestros pueblos, esquilmados por el invasor español que en 200 años, logró apropiarse de unos $15 mil millones, en puro oro y plata del continente.

Opinión

El cansancio de los pueblos

Jorge Castillo / Politólogo

lunes 5, noviembre 2018 • 12:00 am

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Corrupción, inseguridad, desigualdad, ineptitud e impunidad ha sido el común denominador en nuestros pueblos, esquilmados por el invasor español que en 200 años, logró apropiarse de unos $15 mil millones, en puro oro y plata del continente.

En nuestro país, entre los siglos XIX y XX, las élites económicas hasta se turnaban el poder en forma dinástica. Después, emplearon a sus títeres del estamento militar, hasta el golpe de Estado de 1979. A finales del siglo pasado la política exterior norteamericana desplazó de su patio trasero a los militares que antes apoyaban e impulsó democracias plebiscitarias con gobernantes civiles. Algunos economistas de fuste opinan, que la magnitud de lo saqueado al Estado salvadoreño en las últimas 4 décadas por los “adoradores del becerro de oro”, representa más del doble de lo robado por los invasores españoles.

El 15 de febrero de 1934, en la apertura de actividades académicas de la Universidad de El Salvador, el ilustre intelectual Sarbelio Navarrete dijo en su discurso oficial: “Nosotros no podríamos enorgullecernos de poseer una cultura elevada, mucho menos una cultura propia. Somos un pueblo nacido ayer no más, puede decirse; un pueblo mal administrado, a tientas dirigido, un pueblo en que muchas veces la pública instrucción ha sido una cosa secundaria, más bien decorativa que fundamental, en la actuación de nuestros gobiernos”.

No es casual que 84 años después, a mediados del año pasado y a tono con el Dr. Navarrete, Laís Abramo, Directora de la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) expresara: “América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, a pesar de importantes avances realizados por los países durante la primera década y media del siglo XXI”.

Resulta lógico entonces el cansancio en nuestros pueblos ante la corrupción de sus gobernantes, caldo de cultivo para que aparecieran figuras anti-sistema que  esparcieron falsas expectativas y buscaron dibujar un escenario neo marxista en el cono sur, que por cierto hoy se derrumba. El difunto Hugo Chávez, al sentarse sobre las riquísimas reservas de oro negro que yacen en la  faja del Orinoco, fue determinante para financiar a sus homólogos, mover el péndulo político latinoamericano hacia el socialismo del siglo XXI  y volcar la mirada hacia Irán, Rusia y China. El Salvador no fue la excepción, al asumir en el 2009 como presidente un advenedizo y corrupto personaje.

Del deficiente desempeño de aquellos  gobernantes populistas de hábitos corruptos, tomó debida nota un anti sistema como López Obrador, corrigió su discurso y en un tenaz tercer intento alcanzó la presidencia de un México cansado de tanta corrupción. Con una estrategia de discurso mesurado, propio de las izquierdas democráticas; ganó confianza del gran capital asegurando que no habrá nacionalizaciones ni estatizaciones; se comprometió a gobernar con honestidad y, fundamentalmente, realizar un combate frontal contra la corrupción.


Un segundo fenómeno se produjo en Brasil, con Jair Bolsonaro, otro antisistema pero de corte conservador, a quien los extremistas de izquierda no pudieron detener ni a puñaladas. Su discurso fue clarísimo: “Quitar todo financiamiento estatal al nefasto Foro de Sao Paulo, guarida de delincuentes que recibieron dinero de Oderbrecht; sacar a Brasil de la ONU, ahora convertida en un nido de ratas rojas; combatir frontalmente el marxismo cultural, expresado en la ideología de género; enfrentar  la inseguridad imperante en las calles y combatir la corrupción, para no defraudar a millones de demócratas, independientes y evangélicos que posibilitaron su triunfo”.

El Salvador también luce cansado de la corrupción de sus gobernantes y de la politización de gran parte de su institucionalidad. Urge de un presidente que tenga: Capacidad, para modernizar al Estado. Honestidad, para manejar fondos públicos. Valor, para combatir la corrupción. Buen juicio, para alejarse de zalameros, aduladores y gente de oscuro pasado. Humildad, en lugar de arrogancia. Tolerancia, para saber escuchar. Espíritu fuerte, para cohesionar al país más polarizado del continente.