Cada 15 de septiembre, como en un ritual zombi, se repiten y se repiten los aspectos que se han venido consolidando como la explicación ‘oficial’ de lo acontecido el 15 de septiembre de 1821, y que son calzados con la viñeta de la Independencia de España.

Opinión

El asunto de la independencia

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

miércoles 15, septiembre 2021 • 12:00 am

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Cada 15 de septiembre, como en un ritual zombi, se repiten y se repiten los aspectos que se han venido consolidando como la explicación ‘oficial’ de lo acontecido el 15 de septiembre de 1821, y que son calzados con la viñeta de la Independencia de España.

Se dan nombres de participantes y se sugiere que tales o cuales son los más importantes, por esto o por lo otro. Se simplifica y se glorifica, que son dos modos de mala práctica histórica.

Un proceso político-social como el habido desde el 5 de noviembre de 1811 y que cierra su círculo, quizá, cuando se constituye la federación centroamericana el 22 de noviembre 1824, ha tenido la mala fortuna de ser visto y difundido como un lapso casi ajeno, como algo que ocurrió a otros con los que no tenemos nada que ver, y que sucedió en otro lado.

En el sistema educativo nacional, el sitio privilegiado para cultivar la visión crítica de los futuros ciudadanos, es quizás, en la actualidad, el peor escenario para el estudio y la comprensión de nuestra construcción como país. Hay mucha parafernalia, muchas adjetivaciones inútiles y demasiado escamoteo de los hechos reales y sus significados.

Ministros y ministras de Educación van y vienen con cada nuevo gobierno, y no hay cambios sustantivos en cuanto a la aprehensión de la interpretación histórica crítica. Siempre es lo mismo: se impone el maniqueísmo (o sea, buenos y malos).

Hay ya suficiente acopio bibliográfico como para pasar a otra etapa en esto del análisis del proceso de la Independencia. Ahí están, por ejemplo, los trabajos de Alejandro Dagoberto Marroquín (‘Apreciación sociológica de la Independencia salvadoreña’), de Roberto Turcios (‘Los primeros patriotas’) y de Sajid Herrera (‘1811. Relectura de los levantamientos y protestas en la Provincia de San Salvador’), y al menos deberían ser motivo de disección y de discusión en las aulas lo que esos autores plantean. ¿Pero qué tenemos? Nada.


Existe un bochorno soporífero en las aulas, en todos los niveles. Y cuando se trata de asuntos espinosos, como el saber qué pasó en tales y cuáles períodos de la historia nacional (la conquista y colonia, el proceso de Independencia o la guerra de la década de 1980), pues el profesorado, los padres de familia y las autoridades se ponen a ver para otro lado.

Ahí está el voluminoso material de los ‘Procesos por Infidencia’ que el documentalista Miguel Ángel García, hace casi un siglo, divulgó. En lugar de gastar ese millón de dólares en vítores y en muecas, que la actual Asamblea Legislativa acaba de aprobar para celebrar el Bicentenario, que se inviertan esos recursos en republicar, para el sistema educativo nacional, todos esos materiales de valía que ayudarán a las nuevas generaciones a asumir su identidad con juicio crítico y sentido de pertenencia.

Hay mucho discurso y poca materialización de obra cultural-educativa. Y parte de la bancarrota política e intelectual de El Salvador reside en este necio empeño por no asumir nuestra trayectoria nacional desde parámetros críticos. Se buscan, antes y ahora, adhesiones férreas y ciegas, o se requiere que ciertos momentos se vean con amnesia (las masacres como las de El Mozote, de diciembre de 1981), pero no se apuesta por el libre juego de las ideas. Y quizá tienen razón aquellos que manipulan los hilos del poder, porque no hay nada más peligroso que una juventud alerta y con visión crítica, porque es la segura garantía de cualquier cambio por venir. Sofocarla, distraerla y manipularla es la misión, pero es inútil, hay muchas rendijas por donde el agua fresca siempre se cuela.

El solo hecho de que hubiese entre 1811 y 1824 algo que bien podría llamarse el Grupo Político de la Provincia de San Salvador, heterogéneo pero articulado, debería ser un tema en el que hay que profundizar.

¿Hubo tal Independencia? La evidencia empírica certifica que sí. Pero eso no quiere decir que sea todo lo que se tenga que decir al respecto. Resulta que 1821 es solo una de las cuatro fechas clave a considerar para hablar del proceso de la Independencia. Y no se trata de una continuidad estricta, pero sí de momentos más o menos encadenados, donde los mismos actores involucrados se enfrentaron.

Sin dificultad, es posible señalar que el 5 de noviembre de 1811 constituye el punto de partida de esto que se llama el proceso de Independencia. Pero, quizá no sea el 15 de septiembre de 1821 el cierre del capítulo independentista, dado que la tentativa de anexión a México (frustrada por la abdicación de Iturbide, en marzo de 1823) puso todo en tensión y fue una prueba de fuego para las ideas de autonomía y de libre desenvolvimiento en Centroamérica.