Solo basta revisar estudios y documentos pertinentes, de los últimos 50 años, para caer en la cuenta de que el arte de gobernar, en todo el planeta, entre otras cosas, reside en alcanzar un cierto (y prudente) manejo entre gestión económica y gestión política. Se dirá que cada circunstancia nacional es distinta. Y es cierto. Sin embargo, la imprudencia, aquí y en cualquier lugar, paga su precio.

Opinión

Economía contra política Al trasladar a la economía el peso de la acción política de la presente administración pública, podría estarse dando un extraño y rocambolesco proceso de colisión.

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 29, junio 2021 • 12:00 am

Compartir

Solo basta revisar estudios y documentos pertinentes, de los últimos 50 años, para caer en la cuenta de que el arte de gobernar, en todo el planeta, entre otras cosas, reside en alcanzar un cierto (y prudente) manejo entre gestión económica y gestión política. Se dirá que cada circunstancia nacional es distinta. Y es cierto. Sin embargo, la imprudencia, aquí y en cualquier lugar, paga su precio.

Los 20 años de los gobiernos del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), entre 1989 y 2009, se caracterizaron por rehuir la responsabilidad histórica de recomponer las condiciones materiales de la sociedad salvadoreña. Fue la crisis financiera internacional de 2008 (que se expandió desde Estados Unidos) la que descarriló la vagoneta de ARENA.

Los 10 años de gobierno del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), entre 2009 y 2019, no pudieron ni siquiera esbozar un apretado y rápido punteo para una futura agenda estratégica. Su descalabro electoral, en 2019, no solo es el resultado de la efectiva acción mediática desde el campo de quienes ahora gobiernan, sino que también es el resultado de la promesa incumplida de cambiar el rumbo del país para beneficio nacional.

El FMLN casi que administró la crisis. Se quedó como estatua de sal viendo pasar el trágico desfile de los grandes problemas nacionales y no supo (¿no quiso?) buscar un camino propio. Ahora que se encuentra en el foso político-electoral tal vez ese partido logra caer en mientes.

La presente administración pública, que cuenta con la aquiescencia de los tres órganos del Estado, se ha planteado en este momento un salto sin red en materia económica. Porque darle carácter de moneda de curso legal al bitcóin, a la par del dólar, puede resultar contraproducente para el funcionamiento de una economía enclenque como la nuestra.

Los riesgos ya han sido situados y formulados, y no solo por el  no-control de las transferencias que se realizarán, que pueden ser de poca cuantía, pero que también pueden ser de mucha, y de orígenes  no-identificados. El peligro más serio quizás está en que se trata de un truco de magia, porque enfrente se muestran pañuelos inocentes, y por la espalda saldrán liebres ágiles y ariscas.


No hay en la adopción del bitcóin, como moneda de curso legal, un examen del escenario de los desequilibrios estructurales de El Salvador. Es decir, no están puestos sobre la mesa los problemas cruciales de este país y los modos de intervenir sobre ellos. Y peor aún: cómo financiar esas intervenciones. O, en otras palabras: manejarán ese avión sin instrumentos, a puro ojo de buen cubero.

Como muchas ‘jugadas’ políticas, porque eso es esta medida de la ‘nueva moneda’ que se mete en la selva económica, sus propulsores deberían saber que no hay garantías de nada. Desde luego que habrá un contingente de salvadoreños (difícil de calcular, por ahora) que aceptarán el reto de apostar a la ‘subida’ del bitcóin para obtener réditos. Pero no será la totalidad de la población y no serán los sectores sociales más desfavorecidos, que apenas tienen para la reproducción familiar del día a día.

Como en los juegos de apuestas (de los que hay distintos formatos, a la medida de las ambiciones diversas que existen), ganarán los que tengan mayor masa monetaria en su haber y los que sean más astutos para ‘quitar’ y ‘poner’ las fichas en el juego. ¿Pero es esa la manera de conducir la economía de un pequeño país periférico? La respuesta, lástima, para quienes creen lo contrario, es que no.

Al trasladar a la economía el peso de la acción política de la presente administración pública, podría estarse dando un extraño y rocambolesco proceso de colisión. Y quizá se está dando también un paso en falso, imaginando que el respaldo actual (ratificado por dos elecciones consecutivas) no sufrirá mella, porque aguanta con todo, aunque el bolsillo de los votantes se vea afectado.

Lo real es que el endeudamiento público ha llegado a un nivel del que no puede esperarse más que restricciones. Si se acuerda o no se acuerda algo con el Fondo Monetario Internacional, las restricciones del gasto son ficha cantada. Y eso comporta merma de bienestar en las familias y, por descontado, pérdida de capacidad adquisitiva.

¿Esta es la medicina amarga de la que habló el titular de casa presidencial el 1 de junio de 2019 en la plaza Cívica? Por los vientos que soplan, no solo puede llegar a ser amarga, sino intragable. Las regurgitaciones incluso podrían resultar insoportables.