Durante los últimos meses, no ha parado de sonar el lamento unánime de los representantes de organizaciones de la sociedad civil, ante la erosión del ya desgastado Estado de Derecho en el país, o por el cierre de los espacios de participación, y ante la persistencia de un discurso de acentuada beligerancia, e incomprensión del oficialismo sobre sus actividades.

Opinión

Despedirse y avanzar

Roberto Burgos Viale / Catedrático @burgosviale

lunes 28, junio 2021 • 12:00 am

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Durante los últimos meses, no ha parado de sonar el lamento unánime de los representantes de organizaciones de la sociedad civil, ante la erosión del ya desgastado Estado de Derecho en el país, o por el cierre de los espacios de participación, y ante la persistencia de un discurso de acentuada beligerancia, e incomprensión del oficialismo sobre sus actividades.

Y no podía esperarse una reacción distinta, teniendo en cuenta que durante los dos últimos años, las formas democráticas y el espacio público se han ido perdiendo, a un ritmo que jamás se habría esperado, y no siempre por culpa del Gobierno, pues la pandemia, la volátil economía global y los cambios en la política estadounidense, han sido fenómenos que se han ido sucediendo, sin que en los mismos haya influido la voluntad del oficialismo local.

Así las cosas, ha llegado el momento de ser realistas. De reconocer que aquella comodidad que brindaba el sostenimiento de verdades universalmente aceptadas, junto con el cumplimiento de unas formas y protocolos civilizados que, al menos por cubrir las apariencias, se habían mantenido desde la firma de los Acuerdos de Paz, ya es cosa del pasado, y habrá que decirle adiós, mientras se suman capacidades e inteligencia para entender los tiempos actuales, pero a la vez, se comienza a pensar en el porvenir.

No se defiende aquí la renuncia a las convicciones, o al ideal de persona, o a la construcción de un mundo en el que los derechos humanos y la democracia liberal, sean los paradigmas básicos que aseguren la existencia, la libertad, y sobre todo la igualdad de los seres humanos. De lo que se trata es de superar la ingenuidad de algunos y el constante lamentarse de otros, añorando un mundo y una forma de trabajo que tampoco eran perfectos, que también se prestó en algunos casos a la corrupción, y que en otros se alejó tanto de la población a la que supuestamente dedicaban sus esfuerzos, y que en los últimos meses ha respondido con la indiferencia o el miedo, frente a un Gobierno que no ha dudado en usar y abusar del poder.

Por eso es que ya no vale la pena seguir apelando a la buena fe de Bukele, o recomendándole a este sobre la forma más conveniente –o democrática– de usar el poder ejecutivo o su innegable popularidad o, incluso, señalar los precedentes jurisprudenciales que se han ignorado y los días que han transcurrido, desde que se tomó militarmente el recinto legislativo, o desde que despidió por medio de sus empleados legislativos, a los magistrados constitucionales, que dicho sea de paso, se lo facilitaron con su renuncia.

Nada de esto les va a servir en los momentos actuales, en los que impera la fuerza de la arrogancia y en los que traicionar los principios democráticos será la regla y ya no la excepción. Es momento de dejar atrás lo que no pudo evitar el ascenso de tantos funcionarios incapaces y de inventar nuevas formas de activismo, de organización auténticamente ciudadana, y de reivindicación de todos los derechos de todas las personas, ya no solo en las pequeñas parcelas de realidad con las que se justificaban donaciones, espacios en medios de comunicación, y costosas publicaciones que ahora se amontonan en oficinas y centros de documentación.


Las organizaciones de la sociedad civil, con la excepción de las universidades, no deberían aspirar a la permanencia, pues la explotación de los problemas que alguna vez justificaron su creación terminan por convertirse en un modo de vida de los dirigentes de estas, que buscan explotar aquellos y ya no resolverlos, contaminando con demasiada frecuencia la causa de los derechos humanos, para convertirla en una causa familiar, que se parece más a un modo de vida, en el que la beligerancia contra unos no es la misma que contra otros, máxime si coinciden los patrocinadores o los partidos políticos afines.

Ha llegado la hora de ser autocríticos, de examinar lo que se ha hecho, de rescatar las buenas prácticas y aspirar a una coherencia absoluta con los motivos que dieron origen a las organizaciones, de rendir cuentas en el manejo de fondos estatales –cuando se hayan recibido– y de seguir exigiendo respuestas a un Gobierno de corte fascista, que no se va a detener en su empeño por aferrarse al poder, restringir los derechos de las personas, y explotar las contradicciones de quienes lo cuestionen.

Soltar el lastre, lavarse la cara, continuar la lucha. Solo así se podrá avanzar y luego reconstruir.