Steve Jobs, dijo alguna vez: Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón.

Opinión

De mis viajes y recuerdos 2, para olvidarnos del COVID

Dr. Alfonso Rosales / Médico epidemiólogo

sábado 22, agosto 2020 • 12:00 am

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Steve Jobs, dijo alguna vez: Ya estás desnudo. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón.

Era 1993, el mes de Julio para ser más exacto. Temprano por la mañana el viento templado me acariciaba mi cara, no sabía que esperar de ese día, de esta nueva aventura que todavía no sabía hacia donde me llevaría. Y de repente me encuentro con que mi piloto era mujer, mi avión una avioneta, y yo era el único pasajero...me encontraba en el aeropuerto de Nairobi, en Kenia, y mi día no se dibujaba del todo bien. Volar sobre la sabana de África del Este fue un espectáculo impresionante, la espesura de ese verde brillante se extendía como una mar, no tenía fin. Estaba boquiabierto de tanta abundancia, de tanto verde. Al cabo de un par de horas, el escenario cambiaba de un verde brillante a un tono crecientemente amarillento, árido, con olor a seco. De repente, aquel pájaro comienza a disminuir de altura llevando consigo nubes de polvo y una sensación de nada, no edificios, no torre de control, ningún movimiento. La hélice del avión estática, y mi piloto con una cabellera rubia exuberante finalmente exclama: ¡eso es todo! señalándome que debo bajar del avión, y yo tímidamente y con cierta reticencia me bajo de aquello que de alguna manera me mantenía seguro.

Ella también se baja, abre el compartimiento de equipaje, saca mi maleta de “viajero novato”, y con un Ingles severamente australiano me dice: ¡alguien estará contigo en breve! Acto seguido sube al avión y sin mirarme, levanta el vuelo, dejándome ahí, en total abandono, en una tierra que desconozco, sin nadie a la vista, dejándome con la intención infructuosa de una voz que no pudo salir. Totalmente desconcertado, sin saber qué hacer ni dónde ir, y diciéndome: “¿que putas estoy haciendo aquí?” ...Así fue mi primer encuentro con Somalia, el cuerno de África. Ese fue el año de la batalla de Mogadishu, cuando los guerrilleros somalíes derribaron el famoso helicóptero americano (Black Hawk Down).

¿Pero tú estás loco? Como recuerdo la cara de mi padre cuando supo que dejaba mi residencia de Ginecología y Obstetricia y me largaba al Canadá. Sonrío solo de imaginar lo que me hubiese dicho al saber que me iba al África, pero él ya había fallecido. Bajo aquel sol ardiente y viendo aquel avión, piloteado por esa cabellera rubia exuberante, desaparecer en el horizonte me hizo dudar.

Pasaron 15 o 20 minutos a lo mejor, pero para mí fue una eternidad, y durante esa eternidad me pasaron miles de pensamientos por mi cabeza, miles de preguntas. Miles de dudas afloraron, algunas muy llenas de pesadas cadenas que arrastraba conmigo, dudas de familia, ¿de hijos… valía la pena esta decisión? Pero, en ese momento no había una vuelta atrás. A lo lejos divisé una pequeña nube de polvo, que progresivamente se agigantaba, eran dos vehículos blancos tipo 4 x 4, uno de ellos de una sola cabina y en cuya paila pude diferenciar claramente unas figuras delgadas, muy estilizadas y negras que contrastaban contra el blanco del vehículo. A medida que se acercaban observaba como esas figuras se zarandeaban al ritmo del camino irregular, la nube de polvo crecía aceleradamente, parecía que llevaban mucha prisa.

Para mi sorpresa al observar detenidamente y con un vuelco de corazón incluido, me di cuenta de que aquellas figuras largas estaban armadas con sendos fusiles. Inmediatamente y como primera reacción, y con el agravante de proceder de una recién terminada guerra civil en mi país, pensé en correr y esconderme. Estaba en un descampado, sin ningún lugar cercano que me pudiese cobijar, así que procedí a esperar con cara de tonto, con una de esas caras de media sonrisa, de aquellas caras que no saben si reír o llorar. Era mi comité de recepción, y su seguridad, pues después me di cuenta de que en Somalia nunca salías de tu base sin seguridad armada. Incluso, cuando ya incorporado como médico, durante mi consulta con pacientes, el hombre armado siempre se mantenía a mi lado.


Un tipo alto, blanco, tipo italiano y con un claro acento gringo dijo: ¿Es usted Alfonso? Como si llegasen muchos turistas por ahí como para confundirse. Sin mucho tiempo que perder, me subieron al primer vehículo y nos largamos a toda máquina. Al llegar a la base, la cual era una casa con muchos dormitorios, rodeada toda por un muro, y con demasiados blancos, casi todos hombres recuerdo, más que todos nórdicos y gringos. Al retirarme a la habitación que me indicaron y que compartiría con otros tres colegas, ya relajado y con los esfínteres incluidos, busqué el baño. No sé si alguna vez les ha pasado el sentir una contracción espasmódica del culo, no se los deseo, pero eso sentí al ver ese baño. La cosa, porque no se le puede llamar de otra manera, era un hoyo en el suelo con dos huellas a los lados, para colocar los pies. Para un salvatrucha recién salido de su país, aquello era algo desconcertante, ¡un excusado musulmán! Para no hacerles largo el cuento, pase varios días sin poder evacuar…