La migración del Triángulo Norte hacia Estados Unidos, y particularmente desde El Salvador, nuevamente ocupa sendos espacios noticiosos en los rotativos internacionales y locales. Hasta el 2019 el Estado había contribuido a frenar este éxodo a través de cuarenta programas sociales que contribuyeron a reducir la pobreza, disminuyéndola de más de un 40% a un 27%.

Opinión

De carroza a calabaza El abordaje del fenómeno migratorio exige unidad nacional, es un tema que trasciende las banderas partidistas o ideológicas…

Eugenio Chicas / Dirigente del FMLN al Parlacen @eugeniochicas

martes 20, abril 2021 • 12:00 am

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La migración del Triángulo Norte hacia Estados Unidos, y particularmente desde El Salvador, nuevamente ocupa sendos espacios noticiosos en los rotativos internacionales y locales. Hasta el 2019 el Estado había contribuido a frenar este éxodo a través de cuarenta programas sociales que contribuyeron a reducir la pobreza, disminuyéndola de más de un 40% a un 27%.

Como era previsible el fuerte impacto del Covid19, agravado por la mala administración de la crisis, nuevamente han aumentado el número de pobres en más de un 40%, un grave retroceso debido a la recesión económica causada por el manejo y las medidas represivas del régimen de Bukele. Debido a este retroceso, solo en el mes de marzo, autoridades norteamericanas registraron la detención de 4069 compatriotas en la frontera sur de Estados Unidos, entre ellos 1569 niños no acompañados.

El fenómeno migratorio no es nuevo, creció a raíz del violento conflicto armado y la represión durante las décadas de los años 70 y 80, incrementándose nuevamente después del proceso de paz ante la falta de un modelo de desarrollo concertado. Los grupos oligárquicos impusieron su modelo económico neoliberal disminuyendo el aparato del Estado, minaron el desarrollo social y desmontaron las capacidades productivas reduciendo la economía al comercio y servicios. Esto llevó a una severa caída de los empleos de calidad y lanzó a la informalidad a centenares de miles de trabajadores, para terminar elevando los niveles de pobreza. Con el reflujo de las deportaciones provenientes de Estados Unidos empezó a crecer el problema criminal de las pandillas que controlan hasta hoy buena parte del territorio nacional, convirtiéndose en un círculo vicioso multiplicador de la crisis, pobreza y más migración.

Bukele siendo candidato endulzó al oído de muchos migrantes con la soñadora idea de milagrosas oportunidades que terminarían desatando un retorno de esa diáspora; en su espejito veía en sí mismo al Moisés anunciando la tierra prometida de Canaán. Hoy, transcurridos dos años de gobierno y con el severo impacto de la pandemia no hay visos tan siquiera de frenar la estampida migratoria y, como en el cuento de Cenicienta, su carroza mediática gubernamental es apenas un ayote que no llega ni a calabaza. Además de la guerra, la economía y la violencia criminal de las pandillas, la vulnerabilidad por fenómenos climáticos -tormentas tropicales, terremotos y huracanes- contribuyen a expulsar a miles de compatriotas que, sumadas a las secuelas de la pandemia, el recorte de programas sociales, la nueva crisis económica, la corrupción, amenazan con incrementar la “guinda”.

El abordaje del fenómeno migratorio exige unidad nacional, es un tema que trasciende las banderas partidistas o ideológicas, no es posible tratar el fenómeno sin un plan nacional de desarrollo que responda a las múltiples causas que expulsan a nuestra gente; por lo tanto, es indispensable una correcta articulación con todos los sectores.

Avanzar en la solución también exige una mayor integración regional debido a la similitud histórica del Triángulo Norte y a las causas comunes que empujan este éxodo, en esta medida deben ser conjuntas las iniciativas de solución desde un trabajo diplomático articulado que muestre una región sólida en defensa de sus intereses. Esto exige deponer la veleidosa soberbia de gobernantes como Bukele que creen que con “selfies” se puede resolver semejantes problemas estructurales, debe despertar del sueño mesiánico para trabajar en serio con los gobiernos vecinos estableciendo iniciativas comunes a  consensuar con el gobierno de México.


Bukele pierde el tiempo en fútiles ataques contra la congresista Norma Torres y otros legisladores norteamericanos, que bien podrían ser sus aliados en la causa por alcanzar una solución permanente y definitiva al estatus migratorio de nuestros compatriotas. Al mismo tiempo enarbola falsos nacionalismos, infantiles caprichos y berrinches peleándose con el mensajero diplomático de aquel gobierno. Cuando correspondía, Bukele guardó silencio ante las grotescas escenas de niños y niñas migrantes enjaulados por la administración Trump, mientras se despachaba melosos banquetes con el embajador Johnson celebrando el golpe de Estado en Bolivia y las habilidades de Almagro.

¿Será que la estrategia del régimen de Bukele está encaminada a palear la grave crisis económica y social empujando a la población a un nuevo éxodo migratorio ante su incapacidad de trazar la solución de los graves problemas estructurales? Creo que sí.