Siempre es propicia la celebración de una obra y una vida como la de Roque Dalton. Ahora se le conmemora, pero no hay que olvidar que se le denostó y se le asesinó, en una hora gris de mayo de 1975.  El tiempo —¡el implacable!—, según la letra de una canción de Silvio Rodríguez, ha ido poniendo en orden las piezas del rompecabezas que se armó en torno a los últimos años de Dalton.

Opinión

Dalton en el laberinto (I) En sus artículos, en sus ensayos y en su producción creativa literaria estos asuntos se cruzan, y dan como resultado un escritor-militante de hondo registro…

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

miércoles 2, junio 2021 • 12:00 am

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Siempre es propicia la celebración de una obra y una vida como la de Roque Dalton. Ahora se le conmemora, pero no hay que olvidar que se le denostó y se le asesinó, en una hora gris de mayo de 1975.  El tiempo —¡el implacable!—, según la letra de una canción de Silvio Rodríguez, ha ido poniendo en orden las piezas del rompecabezas que se armó en torno a los últimos años de Dalton.

De acuerdo a la información más precisa que se conoce, Roque Dalton regresó a El Salvador el 23 de diciembre de 1973, para incorporarse a la incipiente lucha guerrillera. Angélica Meardi (esposa de Alejandro Rivas Mira o ‘Sebastián Urquilla’, jefe indiscutido del Ejército Revolucionario del Pueblo —ERP— en ese momento) y Lil Milagro Ramírez (fundadora del ERP), lo recogieron ese día en el aeropuerto de Ilopango y lo llevaron al apartamento de ‘Sebastián Urquilla’ que estaba situado en el centro de San Salvador, cerca de donde quedaba Kismet. El 24 de diciembre, allí mismo, celebraron Navidad con él y después, el 25 de diciembre, fue trasladado a la casa donde vivía Lil Milagro Ramírez, en los alrededores del parque Centenario. Y todo, en un ambiente de máxima clandestinidad.

En realidad, son muy pocas las noticias ciertas que se tienen acerca de los años previos y mucho menos lo que dijo, lo que escribió y lo que hizo desde su retorno a finales de 1973 hasta su asesinato en mayo de 1975.  Sin embargo, cuatro décadas después, ya hay más elementos y suficientes evidencias para poder situar algunas cuestiones esenciales que no siempre han sido consideradas en su real contexto.

Aunque la incansable mitología política ha querido fechar abril de 1970 como el momento fundacional del movimiento guerrillero salvadoreño, en realidad, si bien esa fecha contiene algo de cierto, tal aserto es incompleto, porque no da cuenta de la compleja y molecular actividad disruptiva que movió las aspas políticas radicales de aquel momento.

Es más bien en 1968 y, en concreto, las jornadas de lucha magisterial de aquel año, cuando se sentaron las bases para las rupturas conceptuales, primero, y organizativas, después, de lo que se dio en llamar el proceso de lucha armada de la década de 1970. Solo en apariencia es que los primeros núcleos guerrilleros comenzaron a desplegarse, a inicios de la década de 1970, en un escenario de soledad política.

Los materiales escritos por Dalton, desde Cuba, entre 1968 y 1971, entre los que Revolución en la revolución y la crítica de derecha ocupa un lugar clave, y que están centrados en mostrar la viabilidad de la lucha armada para América Latina, son un esfuerzo de aprehensión teórico-política no siempre bien justipreciado.


Las luchas magisteriales de 1968 y de 1971, la guerra con Honduras (1969), la sorda emergencia de un movimiento de base cristiano- progresista activo ya en 1970, el ascenso de una dirección progresista en la Universidad de El Salvador (1970), los capítulos electorales de 1970 y de 1972, la Huelga de Áreas Comunes de 1971, el golpe de Estado constitucionalista del 25 de marzo de 1972 y la intervención militar de la Universidad de El Salvador el 19 de julio de 1972 son el contexto nacional en el que se injertó el proceso de lucha armada. Y no es que estos hechos lo gestaron, sino que es frente a estas dinámicas que las nacientes organizaciones guerrilleros tuvieron que, como en un laberinto, abrirse paso y configurarse.

Roque, acucioso explorador de la situación salvadoreña, de seguro monitoreó todo eso que estaba pasando. Aunque quizá se le escaparon algunos ángulos explicativos. En ese sentido, su retorno no puede decirse que se dio en un momento de arrebato personal o de melarchía política. De hecho, en La Habana, quizás entre 1970 y 1972 tuvo lugar un discreto pero intenso debate teórico-político y de decantación de experiencias de lucha en el que estuvieron involucrados los que serían algunos de los principales dirigentes guerrilleros guatemaltecos (‘Orlando Fernández’, ‘Benedicto’, Aura Marina Arriola, ‘César Montes’) y nicaragüenses (encabezados por Carlos Fonseca Amador). Dalton fue interlocutor en esas discusiones de búsqueda.

El panorama se hace más intrincado si a esto se le agrega lo que estaba ocurriendo en América Latina: la derrota estrepitosa, en 1967, del destacamento guerrillero en Bolivia conducido por Ernesto ‘Che’ Guevara, la instauración de los gobiernos militares reformistas de Panamá y de Perú y el despliegue gobierno chileno de la Unidad Popular a cuya cabeza estaba Salvador Allende. Es decir, una pluralidad de experiencias políticas y una complejidad de formatos organizativos. En sus artículos, en sus ensayos y en su producción creativa literaria estos asuntos se cruzan, y dan como resultado un escritor-militante de hondo registro y resonancia.