A los seres humanos nos interesa la verdad. Y tan profundamente la deseamos, que pocas cosas nos duelen tanto como ser engañados. Esto no significa que todo el tiempo seamos conscientes de nuestro amor a la verdad, ni que estemos inmunizados contra el autoengaño; solo significa que tratamos, en la medida de nuestras posibilidades, de protegernos de la mentira, y que cuando nos sabemos víctimas de ella, solemos reaccionar con pesadumbre o indignación.

Opinión

Cuando la autoridad nos miente La comprobada manipulación partidaria de la PNC es un zarpazo histórico para nuestra democracia.

Federico Hernández Aguilar / Escritor

lunes 8, febrero 2021 • 12:00 am

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A los seres humanos nos interesa la verdad. Y tan profundamente la deseamos, que pocas cosas nos duelen tanto como ser engañados. Esto no significa que todo el tiempo seamos conscientes de nuestro amor a la verdad, ni que estemos inmunizados contra el autoengaño; solo significa que tratamos, en la medida de nuestras posibilidades, de protegernos de la mentira, y que cuando nos sabemos víctimas de ella, solemos reaccionar con pesadumbre o indignación.

Vivimos tiempos marcados por valores difusos y ausencia de principios. Los pueblos ya no apelan a la coherencia de narrativas trascendentes, acusándolas de “opresivas” e “intolerantes”, pero aceptan sin crítica alguna las peores propuestas antropológicas que se hayan hecho a la humanidad (como esas teorías de “género” que tanto daño están causando a la civilización occidental). Y peor aún, la flaccidez de ciertas formas de tradición ha derivado en una general sospecha de la verdad, en cuanto principio y regla moral. Como efecto lógico de semejante equívoco, lo que tenemos es un desquiciamiento de orden planetario.

Quienes confiamos en la capacidad humana para descubrir la verdad sabemos que tarde o temprano habrá una reacción que nos devuelva a la sensatez y al sentido común. Es imposible que la humanidad no vea el precipicio cuando esté en el borde. Pero eso todavía puede tardar bastante tiempo. En el ínterin, una fatal combinación de soberbia y frivolidad impondrá sistemas de creencias perjudiciales por doquier, creando divisiones, falsas huidas y enormes vacíos existenciales.

Entre las primeras víctimas de estos abusos, aparte de la verdad, se encuentran la libertad y los pilares mismos de la democracia. Los salvadoreños no tenemos que irnos lejos para comprobarlo. Nuestro país se ha convertido en un peligroso experimento sobre el embuste masivo aceptable por una sociedad que se dice hastiada de la llamada “política tradicional”. Nunca como hoy habíamos estado a merced de una estructura tan bien aceitada que bombardea fatuidades y mentiras con perversa eficacia.

El alevoso asesinato de dos militantes del FMLN, el último día de enero, comprueba que la narrativa implantada por el oficialismo ha cruzado varias líneas. Evidencia, primero, que hay seguidores del gobierno dispuestos a matar a sangre fría a quienes piensan distinto. (Si algo impacta de los videos que se han difundido es la tranquilidad con la que uno de los perpetradores se sube a su vehículo justo después de haber disparado a quemarropa a personas indefensas. El asesino, es obvio, se creía protegido. ¿O alguien cree que los primeros sicarios nazis que mataban judíos en las calles de Berlín creían que iban a ser llevados a la justicia en un país cuyo líder les invitaba a odiar, precisamente, a la raza judía?).

Pero también la línea de la verdad ha sido cruzada de manera infame con este macabro episodio. Y quien la cruzó primero fue el presidente de la República, en tuit de ingrata recordación por su virulencia, obstinación partidaria y absoluta falta de sensibilidad. Luego fue la Policía Nacional Civil, utilizando sus cuentas oficiales para dar una versión distorsionada de los hechos y tratar de demeritar a la Fiscalía en su labor investigadora. Incluso llegó al colmo de hacer montajes claramente destinados a cambiar la percepción de la ciudadanía. Simplemente asombroso: las fuerzas del orden contribuyendo al desorden político y poniéndose al servicio de una bandera.


Por supuesto, cuando la autoridad nos miente, pierde su autoridad. Punto. La comprobada manipulación partidaria de la PNC es un zarpazo histórico para nuestra democracia. Y si no reaccionamos a tiempo —guarden este artículo— las consecuencias serán catastróficas.