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Crónica de una angustia anunciada: ¿Cómo salvar a un abuelo grave entre el desborde hospitalario por covid-19?

Iván Barahona

viernes 28, agosto 2020 • 4:04 pm

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En un San Salvador aterrado por el peor momento de la pandemia del nuevo coronavirus, José Antonio, un adulto mayor de 80 años presentó síntomas de fiebre a principios de junio; por su edad, y ante la situación crítica del sistema de salud, lo primero que hizo su familia fue contactar un médico particular, para que éste viajara hasta la casa de José y pudiera brindarle la consulta.

Tras haberlo visto en al menos tres ocasiones, el doctor dijo que no podía hacer más; a pesar de que por un par de días la fiebre había bajado gracias al tratamiento, esta volvió posteriormente con mayor intensidad; y además, ahora presentaba dificultades para respirar debido a que tenía “flema en los pulmones” en una aparente complicación por neumonía.

El médico recomendó llevar a José Antonio, quien desorientado a primera vista no parecía reconocer a su familia, a un hospital. Sus hijos se reunieron para tomar una decisión; finalmente, el anciano fue trasladado en una ambulancia al Hospital Médico Quirúrgico (MQ) del Instituto Salvadoreños del Seguro Social (ISSS).

Nohemy, hija de José Antonio, relató los momentos que pasaron esa noche tras llegar al centro hospitalario. Recuerda que tuvieron que pasar gran parte de la noche afuera, mientras una enfermera les explicaba que no había ninguna cama disponible para poder recibirlo.

Le dio dos posibles opciones: debido a la falta de espacio en ese lugar, José Antonio podía ser remitido al Hospital Amatepec, en Soyapango; o ser enviado “en el peor de los casos” al Hospital de San Miguel.


Nohemy recuerda la preocupación de ese momento, qué pasaría si su padre era enviado a San Miguel, cómo podría su familiar saber de él, contactar con alguien para averiguar en qué estado se encontraría.

Ambos pasaron un día entero en el MQ, la enfermera regresaba cada cierto tiempo, avisando que pronto llegaría la ambulancia para trasladar a José Antonio al Amatepec o San Miguel.

Finalmente, a la media noche, se les comunicó que había una cama disponible en Observación 3, un lugar en el que, según dijo la enfermera, los pacientes estaban aislados del área de covid-19. Nohemy y toda su familia temían que José Antonio pudiera tener coronarivus, y en caso de no padecer la enfermedad, que pudiera contraerla estando en el hospital, una de las razones por las que no querían llevarlo, al temor de que fuera internado.

“No queríamos que fuera internado, pero en la casa nosotros ya no sabíamos qué hacer. El doctor hizo lo que pudo y nosotros también, pasamos noches sin dormir cuidándolo, ayudándolo y viendo que no se fuera ahogar por la flema, se nos hubiera muerto si lo dejábamos en la casa”, relató Nohemy.

Llegó un momento crucial, la decisión tenía que tomarla José Antonio, si se quedaba para recibir tratamiento en el hospital, o regresaba a la casa. Para Nohemy y toda su familia fue un instante muy duro, debido a que la enfermera les explicó que mientras él estuviera internado, ellos no sabrían nada de su estado, y que, si fallecía, tampoco lo volverían a ver, sería enterrado como un paciente más de covid-19.
José Antonio decidió quedarse, dijo que tenía ganas de seguir viviendo, y con el dolor de toda la familia, quedó “en manos de Dios” en un hospital blindado por la incertidumbre.

La familia de José pasó días con muy pocas noticias de él. Nohemy contactó con una conocida que tenía contacto con parte del personal del MQ. Aunque la información era poca, la familia la recibía con enorme agradecimiento, solo sabían que “no mejoraba”, pero que su estado “tampoco había empeorado”.

Pasaron exactamente 14 días desde que José fue internado, finalmente llegó la llamada desde el hospital, avisaron a Nohemy que su padre había recibido el alta médica, y que podía llegar a recogerlo. Inmediatamente se puso en camino, junto a su sobrino y su cuñada.

Al llegar al hospital vieron que José se encontraba en un estado que los dejó impactados, se veía bastante delgado, y a primera vista no reconocía a Nohemy ni a su sobrino. Se lo llevaron de vuelta a casa y comenzó el periodo de recuperación, fueron días difíciles para la familia, debido a que José estaba muy débil y visiblemente afectado por la experiencia en el hospital, por un momento creyó que fue abandonado por su familia, ya que el protocolo obligado de la pandemia no permitía que recibiera visitas. Las personas no pueden ver si sus parientes continúan batallando o mueren.

Con el paso de los días el abuelo y padre poco a poco fue recuperándose, volvió a recordar y reconocer a su familia. Su paso por el hospital lo recuerda como una pesadilla; no obstante, su familia asegura que su recuperación ha sido un “milagro”, y admiten que José ahora realiza más actividades y con más facilidad que antes de que se enfermera.

“La recuperación de mi papá es un milagro”, admite Nohemy. Nunca se supo si fue covid-19 lo que padeció, debido a que no le hicieron la prueba para verificarlo, pero en caso de haya sido eso, sobrevivir fue un “verdadero milagro de Dios”, tal y como relató la familia de José Antonio.

En El Salvador los ancianos son un grupo de alto riesgo de contagio de coronavirus, principalmente porque padecen enfermedades preexistentes como diabetes, hipertensión, problemas cardiovasculares, entre otros padecimientos, sumado a las dificultades del sistema de salud y a la alta concentración poblacional en zonas populosas de la capital el principal foco de contagios o muertes.