En la carrera por vacunar a sus respectivas poblaciones y protegerlas contra el covid-19, muchos países no han tomado en cuenta la disponibilidad de vacunas, y su efecto sobre las poblaciones con mayor riesgo durante el diseño de su estrategia de vacunación. En muchas ocasiones, decisiones relacionadas con este tema priorizan intentos políticos y electorales en detrimento de la salud pública.  Analizando una estrategia de vacunación nos debemos preguntar: ¿cuál es el objetivo de la estrategia?, ¿disminuir la transmisión?, ¿disminuir el impacto sobre la mortalidad? ¿Ambas?

Opinión

Con una estrategia de vacunación equivocada, las muertes por covid no disminuirían

Dr. Alfonso Rosales / Médico epidemiólogo @alfonso76657962

lunes 12, abril 2021 • 12:00 am

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En la carrera por vacunar a sus respectivas poblaciones y protegerlas contra el covid-19, muchos países no han tomado en cuenta la disponibilidad de vacunas, y su efecto sobre las poblaciones con mayor riesgo durante el diseño de su estrategia de vacunación. En muchas ocasiones, decisiones relacionadas con este tema priorizan intentos políticos y electorales en detrimento de la salud pública.  Analizando una estrategia de vacunación nos debemos preguntar: ¿cuál es el objetivo de la estrategia?, ¿disminuir la transmisión?, ¿disminuir el impacto sobre la mortalidad? ¿Ambas?

La siguiente pregunta fundamental es: ¿cuál es la capacidad del sistema para distribuir esta vacuna? Lo cual indudablemente incorpora la disponibilidad de la vacuna. Los expertos en vacunación saben que, si la disponibilidad de la vacuna es alta, la mejor estrategia es vacunar a la mayor cantidad de personas en el menor tiempo posible, e incluir, transmisión y mortalidad. Sin embargo, esta estrategia no es viable cuando la disponibilidad, como en el caso de las vacunas contra el covid, está seriamente limitada. En este caso, la estrategia es completamente diferente. Cuando la disponibilidad de la vacuna es escasa, la prioridad tiene que focalizarse en tener el impacto más grande y en el menor tiempo posible en la mortalidad causada por la enfermedad. En el caso específico del covid, todos sabemos que las personas mayores de 60 años y las personas con factores de riesgo como la diabetes, obesidad e hipertensión, tienen un 95 % más riesgo de enfermedad severa y muerte que el resto de la población. Por ello, las recomendaciones de agencias como la Organización Mundial de la Salud (OMS/OPS), siempre han estado alineadas con la priorización de estos grupos de alto riesgo. Por supuesto, paralelamente, se recomienda que los trabajadores de primera línea (y solo de primera línea) también sean priorizados.

El mundo necesita 11 mil millones de dosis para poder vacunar a la población mundial contra el covid. Hasta el día de hoy, se han producido 1 mil millones de dosis, aunque se han vendido por adelantado 8.2 mil millones. De todas estas dosis puestas a la venta, el 70 % o 6 mil millones de dosis, han sido comprados por los países ricos; y solamente 2.2 mil millones por los países pobres (1.1 mil millones de estas dosis han sido adquiridas por el mecanismo COVAX). Los países ricos representan el 20 % de la población, y los países pobres representan el 80 %. Con estos numeritos (ojalá, Humberto V. no me llame HDGP), podríamos fácilmente concluir que países pobres como El Salvador y otros, tendrán un serio problema en la adquisición de vacunas. Y como lo estamos comprobando, aun y con toda la diplomacia en salud de China y Rusia, las vacunas nos están viniendo a “gota lenta”.

El miércoles, Italia informó de otras 627 víctimas del virus, la mayor cifra diaria de fallecimientos desde principios de enero. Esta cifra, a pesar de que ese país ha vacunado al 20 % de su población con una distribución de casi 12 millones de dosis. Existen un par de razones que podrían explicar este fenómeno, pero algunos científicos y analistas de datos dicen que la campaña de vacunación de Italia también merece ser culpada. El país, dicen, ha estado vacunando a demasiadas personas equivocadas, dando demasiada prioridad a los trabajadores jóvenes y dejando vulnerables a los ancianos. “Las cosas no se han hecho adecuadamente en los últimos tres meses, eso está claro”, dijo Sergio Abrignani, inmunólogo y nuevo miembro de un comité científico que asesora al gobierno. “Si no fuera así, no tendríamos 300 o 400 muertes diarias, como ahora”.

La situación de Italia tiene lecciones para otros países que se enfrentan a sus propias decisiones difíciles sobre a quién dar prioridad con un suministro limitado de vacunas. Si el objetivo principal es evitar muertes, la conclusión de Italia parece ser: una vez que se haya vacunado al personal de salud de primera línea, hay que seguir administrando dosis a los mayores y ser muy selectivo en cuanto a los trabajadores más jóvenes que puedan ser elegibles. Indudablemente, el país no estudió las lecciones de Italia. Ojalá nuestros ancianos no paguen las consecuencias de una estrategia equivocada.