Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, y otros van llorando. Hay quien tiene todo, todo lo que quiere, y sus navidades siempre son alegres; hay otros muy pobres, que no tienen nada, son los que prefieren que nunca llegara.

Opinión

Cantares de Navidad Estamos para darnos los unos a los otros. Esta es la lección que nos da la primera familia que no tuvo nada para navidad.

Pbro. Hugo A. Dávila / Sacerdote católico

viernes 18, diciembre 2020 • 12:00 am

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Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, y otros van llorando. Hay quien tiene todo, todo lo que quiere, y sus navidades siempre son alegres; hay otros muy pobres, que no tienen nada, son los que prefieren que nunca llegara.

¿Reconoce esa canción? Yo la escuché por vez primera en una “play list” de música navideña latina. Se llama “Cantares de Navidad”. Al oírla me dio pena pensar que hubiera gente que como “no tienen nada” prefieren que la navidad no llegue. ¿Es el “tener algo” lo que da la alegría en Navidad? Parece que este año, si no tenemos respuesta a esa pregunta, nos pasará las del meme que decía: “Ay de vos si te oigo cantando: yo no olvido el año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas”.

¿Es “tener” realmente lo que da alegría a las navidades? Para responder esta pregunta, vamos a situarnos en la escena que da lugar a las tradicionales fiestas. La historia la conocemos de sobra: una familia humilde, en un pueblo distinto al suyo, sin lugar para ellos en ninguna posada, con la mujer encinta y con dolores de parto. Nace el niño. La cuna tendrá que ser un pesebre porque no han encontrado más lugar que ponerse a resguardo en una cueva donde se guarda ganado. De lo que nos narran los textos bíblicos y los demás textos tradicionales, como los evangelios apócrifos, si en algo hay consenso es en que la Sagrada Familia y Jesús neonato, no tienen nada. ¿No resulta curioso que el motivo de alegría de las fiestas navideñas está marcado por un evento cuyos protagonistas no tienen nada?

Toda persona más o menos de buena voluntad conoce la máxima “no son los bienes materiales los que nos dan la alegría”. Pero, a lo mejor, como me dijo un niño en una clase, ¿eso, a quién se le ocurrió? (Quizás ese año Santa no le trajo el juguete que quería) Los medios materiales los necesitamos para subsistir, como medios, no como fines para vivir. Esto complica un poco las cosas porque cualquier catedrático de economía nos dirá que el fin del trabajo es producir capital; y si hay algo que hacemos todo el tiempo ––al menos los honrados–– es trabajar.

Centrar la mirada en el evento originario de la Navidad, nos puede venir bien en este año tan convulso, en donde hemos sido golpeados por arriba, por abajo, y el que menos, por un lado. Nuestra vida ha de tener un sentido profundo capaz de sobrevivir a estos acontecimientos. Tenemos que estar llamados a algo mucho más grande que sólo poseer y producir bienes económicos, porque de otra forma de dónde saca uno las fuerzas para reinventarse en el 2021. Estamos en este mundo para amar, entendido amar como donación personal y desinteresada hacia otro. Estamos para darnos los unos a los otros. Esta es la lección que nos da la primera familia que no tuvo nada para navidad.

Hace unos días un amigo recibió un obsequio de una casa farmacéutica. Mi amigo es médico, como se puede deducir. El obsequio venía acompañado de una tarjeta con lindos sentimientos. ¿De dónde nacen todos estos sentimientos que llegan a empalagar a más de alguno? Pues del contenido de la palabra amar y la experiencia que tenemos de ello. Son precisamente esos “sentimientos” (lo pongo entre comillas, porque algunos son más que eso) los que nos permiten encontrar familia aún cuando los lazos de sangre con otros se hayan perdido, roto o simplemente no existan. Así que en esta Navidad, si no tiene nada, ni familia que le consuele, no deje de alegrarse por el Niño que viene.