Un buen amigo que me conoce desde hace años, sabe que me he dedicado por 30 años a conocer casos criminales; que la materia prima de mi quehacer profesional es la mente criminal y su actuar. Él me preguntaba conmocionado el porqué alguien, como el expolicía chalchuapaneco, podía cometer esas atrocidades. Yo le contesté lo que sos años de experiencia, mi curiosidad personal, mis investigaciones al respecto me han dicho: es la naturaleza humana. De esa fría y contundente respuesta que me ha dado la investigación surgieron mis nuevas posturas sobre la divinidad y las religiones, pero ese es otro tema.

Opinión

Asesinos en serie Los asesinos en serie no son personas anormales, no, son como usted y como yo. Solo que no les pusieron o no encontraron el freno.

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 25, mayo 2021 • 12:00 am

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Un buen amigo que me conoce desde hace años, sabe que me he dedicado por 30 años a conocer casos criminales; que la materia prima de mi quehacer profesional es la mente criminal y su actuar. Él me preguntaba conmocionado el porqué alguien, como el expolicía chalchuapaneco, podía cometer esas atrocidades. Yo le contesté lo que sos años de experiencia, mi curiosidad personal, mis investigaciones al respecto me han dicho: es la naturaleza humana. De esa fría y contundente respuesta que me ha dado la investigación surgieron mis nuevas posturas sobre la divinidad y las religiones, pero ese es otro tema.

En todas partes del mundo, no importando razas, idiomas, credos, ni siquiera nivel educativo de las personas, ha habido asesinos en serie, a lo largo de toda la historia.

Es que el ser humano es el único animal, porque no tiene nada de divino, -pero ni por parentesco lejano, ni siquiera por afinidad- que goza de hacerle verdadero daño a sus semejantes y, gracias al desarrollo de la civilización y nuevas tecnologías, ahora lo puede hacer de diferentes y variadas formas, siempre crueles, más expansivas, que incluso indirectamente, como una “lunga mano”, pueden llevar al suicido a personas individualmente consideradas, o a la locura a masas completas. Véase cómo por internet un hacker desconocido manipuló a la nación del norte, y provocó que, con mensajes tan absurdos como adictivos, llegaran a tomarse el Capitolio.

Esos retos que compelen a los adolescentes a hacerse daño a sí mismos, es el placer mismo de gente lejana, manipuladora, no necesariamente genios, que logran ver cómo a cientos de kilómetros una muchacha se corta las venas o un jovencito se ahorca.  No crea que usted, sí, usted que me lee, no tiene ese gen de la maldad. Desde que se mete en pláticas de gente chambrosa, cuando esparce un chisme, cuando viola el honor, la honra, el buen nombre de otros, usted es potencialmente un asesino en serie. Y es que todos lo somos…potencialmente.

Eso de gozar con el mal ajeno o deleitarse con el pensamiento de que a fulano o a sutana le suceda alguna desgracia. Allí está el gen de la maldad.  Ya ve que no somos tan distintos. Solo algunas circunstancias muy específicas, y nada del otro mundo, por cierto, que se hayan dado en su infancia, hubieran hecho que nos convirtiéramos en homicidas psicópatas y sociópatas.

Ese complicado libro, aunque decepcionante a veces de Erich Fromm “Anatomía de la destructividad humana”, habla de cómo en ciertas circunstancias los seres humanos podemos –y solo en ciertas circunstancias- volvernos agresivos. Yo estoy convencido que no es así, necesitamos muy poco para sacar el animal vengativo, depredador o simple aficionado al dolor ajeno. Cuando criticamos con amargura a otros, cuando vamos en el tráfico e insultamos al taxista, cuando vemos al más despreciable de los políticos engañando al pueblo en uno de sus discurso en televisión.


Los asesinos en serie no son personas anormales, no, son como usted y como yo. Solo que no les pusieron o no encontraron el freno. Una película sin pena ni gloria, como “Ocho milímetros”, con Nicolas Cage, --para que el público entienda-, recoge esa realidad inobjetable.

El doctor Stone, un famoso psiquiatra de los EE. UU., realizó una investigación de lo mayores criminales y formuló su “Escala de maldad”, del 1 al 24. La historia de los más despiadados asesinos nos demostraba que basta unas cuantas situaciones –muy comunes por cierto-, para que un niño sea potencialmente peligroso cuando crezca.

Los asesinos en serie no son genios ni tampoco con retardo, la mayoría fueron abusados, pero no todos, otros, por el contrario, fueron muy consentidos en su niñez. Algunos crearon una dependencia enfermiza con la mamá. Elvis Presley también, por cierto, y nos mató…pero de euforia con su música. Algunos estuvieron en situaciones de alto riesgo, con papás ausentes o, por desgracia presentes, siendo abusadores, viciosos, vagos, violadores. En fin, no hay un perfil cierto, certero, no lo hay, y si alguien lo dice, miente.

No se puede decir que en tales circunstancias específicas es 100 % seguro la generación de un asesino en serie. Así que estamos a la deriva. Y no hay dios, iglesia, ni religión que nos salve de eso. De hecho, uno que otro loco de esos ha sido muy religioso, y sus víctimas, también muy creyentes.