El nuevo capítulo represivo que ahora tiene lugar en Nicaragua agita otra vez la cuestión de la viabilidad de las formulaciones políticas imperantes en el país centroamericano. Este modelo político que tiene atrapada a Nicaragua, no avanza ni retrocede: solo se muerde la cola. Es más, si antes, en 2007, se requirió apelar todavía al imaginario de transformación social que en algún momento el sandinismo encarnó, ahora, en 2021, ya las cosas son más simples porque de lo que se trata no es de convencer a tal o cual sector, de acercar a este o a otro segmento social, eso ya no, ya no funciona, ya no sirve; ahora el asunto es someter de cualquier modo a quien sea y silenciar toda disensión.

Opinión

¡Arriba Nicaragua!

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

lunes 21, junio 2021 • 12:00 am

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El nuevo capítulo represivo que ahora tiene lugar en Nicaragua agita otra vez la cuestión de la viabilidad de las formulaciones políticas imperantes en el país centroamericano. Este modelo político que tiene atrapada a Nicaragua, no avanza ni retrocede: solo se muerde la cola. Es más, si antes, en 2007, se requirió apelar todavía al imaginario de transformación social que en algún momento el sandinismo encarnó, ahora, en 2021, ya las cosas son más simples porque de lo que se trata no es de convencer a tal o cual sector, de acercar a este o a otro segmento social, eso ya no, ya no funciona, ya no sirve; ahora el asunto es someter de cualquier modo a quien sea y silenciar toda disensión.

El mensaje que está lanzando el gobierno nicaragüense, si es que puede hablarse de un gobierno y no mejor de un pequeño grupo dirigente, armado hasta los dientes, es que se han roto todos los posibles entendimientos y que pareciera que ese grupo dirigente no tendrá escrúpulos en continuar derramando sangre.  La insubordinación social que emergió en abril de 2018, desde lo más fresco de la juventud nicaragüense, aunque fue ahogada en sangre —y que las movilizaciones masivas posteriores no pudieron convertir en fuerza política de cambio—, no puede decirse que se ha esfumado. Ha mutado. Busca su cauce.

Las veleidades personales, los intereses infundados (y a veces mezquinos) del partidismo vetusto, la represión calculada y feroz, la crisis económica, la emergencia sanitaria por covid-19, todo este cóctel de adversidades solo ha aplacado aquellas energías de renovación política. Al mover ficha el grupo de poder dominante en este momento y decidirse por bloquear (con represión) la tímida y frágil contienda electoral que se realizaría en noviembre, pone a la orden del día no el asunto de la participación electoral, sino la cuestión de las acciones políticas efectivas que concreten el cambio del estado de cosas en Nicaragua.

Si el escenario electoral está cerrado, ¿qué queda? Para el grupo de poder dominante lo que más le conviene es que se declarara en rebeldía armada todo el abanico opositor, porque le resultaría fácil aplastarlo, dado el control que tiene del Ejército y la Policía (y los paramilitares). Pero todo indica que esta rebeldía armada no se materializará. Sin embargo, parece que se está abriendo la posibilidad de un cuadro de estallido social, algo como lo de abril de 2018, aunque con otros contenidos y otras dinámicas, y donde la movilización de calle masiva no sería el eje visible.

Ahora al menos hay un esbozo de programa para otra Nicaragua, hay comprensión clara en todos los sectores de lo pernicioso y traicionero que es el grupo de poder dominante y también hay claridad de los límites de la movilización social abierta. Aterrorizar es lo único que le queda a quienes se han impuesto en Nicaragua, a troche y moche, pero ese expediente no se puede prolongar por mucho tiempo, sobre todo cuando la reelección de Ortega-Murillo pareciera ser la única oferta que existe.

Los varios Somoza que gobernaron Nicaragua durante el siglo XX parecía que nunca caerían, y cayeron, de manera irremediable sucumbieron. Quienes se suben a la cresta del ejercicio del poder, olvidan que, aunque se crean invulnerables e imbatibles a todo cuestionamiento, forman parte del entramado social, y que una vez que se han roto las amarras que conectan a la realidad, la nave zozobra, encalla o naufraga. Para allá va ese navío atrofiado y envejecido que un día, ya lejano, habló de liberación nacional.


Sin alianzas internas (el arribismo es otra cosa), sin una política internacional independiente y plural, sin una economía más o menos funcionando, sin legitimidad (aunque el cascarón de la legalidad aún se conserve) y sin un ambiente político de libre difusión de las ideas es muy difícil que, en los tiempos actuales, una fuerza política pueda mantener el equilibrio necesario para llevar bienestar y libertad a sus contemporáneos.

Sin duda que la nueva fase que se abre con estos hechos represivos, de nuevo implicará más sacrificios para los nicaragüenses, pero así están las cosas. Se baja la testa frente a la imposición o se yergue la valiente insubordinación social. El camino hacia la vida en democracia tiene su trayecto lleno de abrojos. De este modo, de nuevo, la juventud nicaragüense tendrá la iniciativa y moverá la mesa política nicaragüense. Así sea.  ¡Arriba Nicaragua!