Opinión

Anclados en el pasado

Jorge Castillo/Politólogo

sábado 16, enero 2016 • 12:00 am

Compartir

Este día se cumplen  24 años de la firma de los Acuerdos de Paz, hecho que impulsó a la Organización de Naciones Unidas para exhibir a El Salvador como ejemplo en materia de pacificación. Casi un cuarto de siglo después de aquel memorable hecho, el país se exhibe nuevamente, pero esta vez como “la capital mundial de los asesinatos” (artículo de “USA Today”/ Enero-2016) haciendo eco a la tasa de homicidios que registró el Banco Mundial para el año 2015 (104 por cada 100 mil habitantes). No es poca cosa ser exhibidos así, pero 6.657 asesinados sustentan el dato desde sus frías tumbas.

Infortunadamente, a juzgar por el discurso y actitudes de nuestra clase dirigente (políticos y gremiales privadas) pareciera que el país sigue anclado en otro capítulo de guerra. Ejemplos sobran, desde el pulso entre la Asamblea y la Sala de lo Constitucional hasta el empeño de algunos por ver pudriéndose en la cárcel a los militares señalados como responsables materiales del terrible asesinato de los padres jesuitas; eso sí, cuidándose de no exigir lo mismo en crímenes perpetrados por otros –no menos asesinos– que hoy se pavonean en los salones de la burocracia dorada, saboreando las exquisitas mieles del circunstancial poder que les ha  prestado el soberano.

Algunos, con igual rabia, despotrican desde las plataformas de sus gremiales, fustigando y sobredimensionando cuanto error detecten en la ejecución de las principales políticas públicas. Bonita estrategia de desgaste, tomando en cuenta que dentro de relativamente poco tiempo vendrá un nuevo ajuste en  la representación político-partidaria a nivel legislativo y municipal y luego otro más, en el que la ciudadanía deberá decidir entre la alternabilidad o la alternancia en el Órgano Ejecutivo. Como es solo cuestión de tiempo, los acérrimos críticos del gobierno no le dan respiro, manteniendo un innecesario desgaste de energías, absolutamente inconveniente respecto a la mayor necesidad del país: alcanzar la cohesión social en función de propósitos y metas compartidas.

No faltan aquellos que dicen que en El Salvador hay silla para todos, tanto para los responsables (intelectuales y materiales) de los crímenes perpetrados, con el conocimiento, consentimiento y responsabilidad estatal en los años 80, como para quienes cometieron odiosos crímenes desde la insurgencia armada, por cierto resumidos muy bien por el ex Fiscal General de la República, Dr. Mauricio Eduardo Colorado, en su columna de opinión del lunes 10 de este mes, publicada por Diario El Mundo.

Resultado de esta inútil y perjudicial crispación, es la pena que cargarán nuestros hijos, al heredar un país sociopolítica y culturalmente caótico, gracias a la cerrazón mostrada por una clase dirigente torpe, que no se pone a pensar que su descendencia también tendrá que compartir los costos de la irracionalidad de sus actos. No se puede llamar de otra manera a la necedad de no querer dialogar como seres pensantes, buscando llegar a acuerdos que, como el de Chapultepec, posibilitaron un respiro a la paz social, entonces acallada por la metralla.

Es cierto que en El Salvador existe una inseguridad generalizada. También la tienen otros pueblos en la región. Aun así, gozan de un mejor clima de inversiones y de crecimiento, porque sus apuestas van con sentido de Nación y, además, porque se dejaron ayudar de sus países amigos.


También es cierto que en el gobierno hay gente técnicamente incompetente en áreas vitales, pero mal haríamos en hacer críticas que no contengan propuestas, lo que no es óbice ni debería inhibir a nadie para no  denunciar con respeto a quienes, habiendo recibido tales propuestas, se den el lujo de menospreciarlas.

Concluyo esta modesta apreciación, haciendo votos para que en este nuevo aniversario de la firma de la paz, todos los salvadoreños reflexionemos sobre la imperiosa necesidad de reencauzar nuestras mejores energías en función de rediseñar nuestro país, ahora vergonzosamente exhibido como uno que pareciera estar… anclado en el  pasado.