Cuando hice mis prácticas en la Procuraduría General de la República (entonces situada por el Parque Infantil), como requisito previo para graduarme como Psicólogo, experimenté emociones muy fuertes, cuando me correspondió atender a decenas de mujeres que llegaban con sus pequeños hijos en brazos, solicitando que los padres de  tales niños, les proporcionaran una cuota alimenticia y al entrevistar a esos individuos, algunos ingratos me sugerían que si aquellas madres recibirían su ayuda, entonces que debían seguir teniendo relaciones íntimas con ellos.

Opinión

Amor y respeto a la mujer

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario @armanditolic

lunes 1, febrero 2021 • 12:00 am

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Cuando hice mis prácticas en la Procuraduría General de la República (entonces situada por el Parque Infantil), como requisito previo para graduarme como Psicólogo, experimenté emociones muy fuertes, cuando me correspondió atender a decenas de mujeres que llegaban con sus pequeños hijos en brazos, solicitando que los padres de  tales niños, les proporcionaran una cuota alimenticia y al entrevistar a esos individuos, algunos ingratos me sugerían que si aquellas madres recibirían su ayuda, entonces que debían seguir teniendo relaciones íntimas con ellos.

Recuerdo que, de manera tranquila, les respondía: “Si ahora usted no puede dar una cuota alimenticia de poca cantidad, ¿cómo hará si les nace otra criatura y también debe ayudarla?” y con esa posibilidad los dejaba quietos. Otros, todavía más ingratos, me decían que se negaban a darles ayuda a sus pequeñitos, porque “estaban seguros que ese dinero la madre se lo daría a otro hombre con el cual convivían”, pero, al pedirles que me proporcionaran “pruebas” de esa situación, preferían quedarse callados. Jamás en mi vida miré tanta irresponsabilidad masculina, como la experimentada en esa institución.

Esa causa desalentadora y traumática, posiblemente tenga origen en la irracional creencia que el género masculino es superior al femenino, basando esa falacia en dos aspectos escritos en la Biblia: uno, que Dios primero creó al hombre (Adán) y dos, que por la mujer (Eva) seducida por la tentación diabólica, hizo pecar al hombre. A la luz de los sacros textos, escritos por Padres de la Iglesia, como San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino, esos argumentos sobre la supuesta supremacía androgénica o masculina, cayeron hechos pedazos hace siglos, pero aún perduran en países como el nuestro, donde pareciera sobresalir un machismo mal entendido.

Sin embargo, también hubo científicos que en sus estudios dejaron entrever, por ejemplo, que el hombre tenía un cerebro mayor al de la mujer y que esa condición anatomofisiológica, permitía que fuera mucho más pensante y creativo, criterio que la ciencia moderna, tanto de la Neurología como de la Psicología, borraron para siempre de sus textos. Y refuerzo esta postura con el hecho de que, a través de los siglos, muchísimas mujeres han demostrado cualidades superiores en diversas ciencias y actividades, creadoras de grandes inventos que ahora nos hacen más fácil la vida, estadistas renombradas, artistas de cualidades sutiles, poetisas, escritoras y periodistas, maestras de todos los niveles educativos y un etcétera infinito. Y sin ir tan lejos, aquí en El Salvador, hubo mujeres ante cuya memoria me descubro respetuoso, que destacaron y aún destacan como científicas, químicas, médicas, educadoras, artistas del pincel y de la música, historiadoras, escritoras, políticas, heroínas, etc. que engalanan las páginas memorables que aparecen publicadas en periódicos, revistas, libros, etc. sobre su rol en la vida nacional.

Pero también, junto a ellas, están nuestras dinámicas mujeres trabajadoras en el comercio, la industria, labores agrícolas, talleres, Fuerza Armada, Policía Nacional Civil, etc. etc. que unen su trabajo remunerado, con el mejor e indiscutible esfuerzo femenino: el de ser madres y esposas, cuidando con amor y esmero a sus hijos, orientándolos en la observancia de las normas tradicionales de buena conducta, dentro y fuera del hogar; asistiéndolos en sus enfermedades, preparándoles sus alimentos, limpiando su vestuario, compartiendo desvelos y aflicciones, cuando las enfermedades llegan y el hijo agoniza irremediable en su lecho, cobijado con el calor de sus brazos y el musitar de sus plegarias a la imagen de la Virgen, que la contempla inmóvil desde un cuadro que pende en la pared, u otras veces, corriendo a empeñar sus joyitas de oro, o pidiendo prestado dinero al usurero, para pagar al inclemente abogado que libere de la prisión a su marido quien, borracho e inconsciente, armó una trifulca o se alzó con un objeto ajeno. Llenaría columnas mencionando estos detalles, que sólo tratan de llevar el mensaje que encabeza mi trabajo: ¡amemos y respetemos a nuestras mujeres! En cada una de ellas hay un ángel que nos cuida; una madre que nos consuela y una rosa sutil de entrega plena…