“En estos jóvenes tenemos puesta nuestra fe…”. La frase es del jurista italiano Francesco Carnelutti, quien al final del régimen fascista, apenas concluida la segunda guerra mundial, celebraba la aparición de una nueva generación de jueces dispuestos a aplicar la ley y dar la batalla por la construcción de la democracia y el restablecimiento de los derechos individuales en su país.

Opinión

Ahora sorpréndannos...

Roberto Burgos Viale / Catedrático

lunes 17, agosto 2020 • 12:00 am

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“En estos jóvenes tenemos puesta nuestra fe…”. La frase es del jurista italiano Francesco Carnelutti, quien al final del régimen fascista, apenas concluida la segunda guerra mundial, celebraba la aparición de una nueva generación de jueces dispuestos a aplicar la ley y dar la batalla por la construcción de la democracia y el restablecimiento de los derechos individuales en su país.

Lo mismo podría decir en este momento en El Salvador, cuando una generación de jóvenes nacidos después de la firma de los acuerdos de paz, se dispone a dar un primer paso en la política partidaria, inscribiéndose como candidatos a diputados para las elecciones que se avecinan en apenas seis meses. El espectro ideológico que estos representan es todo lo amplio que la imaginación política permite, todos prometen un cambio de rumbo y contenido para el debate legislativo, a la vez que refrendan con sus declaraciones públicas su compromiso por hacerlo mejor.

Desgraciadamente no bastará con las buenas intenciones, de las cuales el camino hacia el desarrollo y el bienestar de El Salvador está lleno. La juventud política que se prepara para la contienda electoral debe asumir en primer lugar la carga histórica de los institutos políticos que representa. No se puede asumir en un país en el que prevalece la impunidad como una de las causas del desgobierno y del sufrimiento humano, que la historia comienza con sus candidaturas individuales, o que no tienen responsabilidad política alguna por los colores que representan.

El mejor antídoto contra el dolor de cargar con las culpas ajenas, es una adecuada dosis de autocrítica con la historia y la ideología que se representa o se defiende, reconocer los hechos del pasado estudiando la historia del país, y dar cuenta desde la campaña sobre los recursos propios que se tendrán a mano para no volver a errar. Esto resulta a lo menos urgente en temas como el de la violación sistemática de derechos humanos durante la guerra civil, los casos de corrupción durante la posguerra y los íconos partidarios a los que se sigue honrando desde algunos partidos en las extremas.

Además de lidiar con esta carga histórica, los jóvenes políticos deberán ser capaces de actuar con la coherencia que el ejercicio anterior les permita. No es posible sumarse a la causa de la libertad y la dignidad humana si se defienden regímenes autoritarios en el exterior, o se celebran los abusos de una parte del espectro político y se critican los de aquellos a los que se identifique como contrincantes.

Coherencia y un discurso público con fundamento serían herramientas cotidianas y deseables para esta nueva generación, que les protejan de caer en el “buenismo” de las declaraciones públicas que parecen ser solo una lista de buenos deseos. Por el contrario, deben identificarse los problemas más urgentes, recurrir a los diagnósticos que por lo general ya existen y señalar con precisión las causas estructurales que los mantienen, porque para esto es que los legisladores cuentan con fuero constitucional, para decir y comprometerse con la verdad, por muy difícil que esta sea, no para abusar de privilegios personales como ha sido la costumbre.


Con la historia y la coherencia debe venir también la conciencia de las propias limitaciones, es decir, una adecuada dosis de realismo político. Así, el trabajo debería priorizarse en un período tan corto como son los tres años del nombramiento, y a la vez evitar que el último año de la legislatura se ocupe en trabajar una estrategia de reelección, ya que en tal caso, sería muy poco lo que podría hacerse en favor de las causas para las que resulten electos.

Por el contrario, debe priorizarse el trabajo sobre las soluciones para aquellas injusticias que sean remediables en al menos los tres años en el cargo, y trabajar como si no fuera posible o deseable la reelección en el mismo. La aspiración de los jóvenes políticos no debería de ser la de convertirse en políticos profesionales, sino la de mantener su condición de ciudadanos dedicados temporalmente al servicio público, y con capacidad para retornar después a la sociedad civil, sin señalamientos ni imputaciones reales de ningún tipo.

Hace pocos días la ONU conmemoraba el día internacional de la juventud bajo el lema: “El compromiso de la juventud por la acción mundial” y es que la participación de los jóvenes es eso: un compromiso, no una oportunidad personal, se trata de una obligación con el mundo y con la necesidad de reconstruirlo. Pueden hacerlo mejor, ahora sorpréndannos.