El mundo ha dado en la última década, o década y media, una abundante cosecha de presidentes díscolos, o sea, desobedientes a las más básicas reglas de la sana convivencia entre la autoridad, que sustentan, y los demás. Se rebelan a esas normas de buen comportamiento, de conducción apropiada de un mandatario y, en el embotamiento cerebral que da la silla presidencial, se creen ocurrentes, simpáticos. Faltan al respeto, pasan empleitados, insultan a medio mundo, toman decisiones arbitrarias, antojadizas, sin meditarlas.

Opinión

Abundante cosecha de presidentes díscolos

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 29, junio 2021 • 12:00 am

Compartir

El mundo ha dado en la última década, o década y media, una abundante cosecha de presidentes díscolos, o sea, desobedientes a las más básicas reglas de la sana convivencia entre la autoridad, que sustentan, y los demás. Se rebelan a esas normas de buen comportamiento, de conducción apropiada de un mandatario y, en el embotamiento cerebral que da la silla presidencial, se creen ocurrentes, simpáticos. Faltan al respeto, pasan empleitados, insultan a medio mundo, toman decisiones arbitrarias, antojadizas, sin meditarlas.

Ejemplos de presidentes elegidos democráticamente, por la voluntad popular, a quienes se les zafaron los tornillos, hay muchos.  En la civilizada Europa, por ejemplo, la milenaria Roma, nos dio el triste espectáculo de Silvio Berlusconi, el cual, entre tantas tonterías, denigró a medio mundo. Y miren que estamos hablando de Italia.

Al diputado ante el Parlamento Europeo, Martin Schutz, en plena sesión continental, le dijo, parafraseando, que él hubiera sido un buen director de campos de concentración judíos. Así de ofensivo, por no decir idiota, se comportaba siempre. De Barack Obama decía que estaba excesivamente bronceado, a Angela Merkel, que era una grasosa que no le llamaba al apetito sexual. Y sandeces mesiánicas como que solo Napoleón había hecho más que él por Europa. La malcriadeza en carne y huesos, sin entender la delicadeza y dignidad del cargo.

En este subcontinente tuvimos, en Ecuador, a Abdalá Bucaram, hace ya un par de décadas. Tan loco que gobernó a lo loco, pero dedicándose al mundo del espectáculo, fue el presentador de una teletón, hizo un concierto con los Iracundos, creó una marca de leche que el Estado tuvo que comprarla llamada “Abdalact”, al final, su gobierno no cumplió ni un año de gestión. Era tan demente que lo tuvieron que echar. Ahora está siendo procesado por (¿adivinan?) subir los precios a los implementos médicos en la pandemia como proveedor del Ministerio de Salud.

Pero bien, esos ejemplos son lejanos. Hablemos de casos recientes o actuales.

Donald Trump ha sido el caso más terrible. La democracia más sólida (¡sí, señores, es la más sólida!), casi se derrumba por culpa de su discurso demagogo. La gente más educada puede en verdad embrutecerse. Setenta millones apoyaban su reelección. ¡Setenta millones!


Con Manuel Andrés López Obrador, el último bastión de una izquierda casi legendaria, llega a gobernar como un ancianito que chochea, que pierde la memoria, se le olvida lo que prometió, todo lo toma en broma, y lo peor, no procesa a ningún corrupto de los que han destrozado esa hermosa tierra, y ha arrodillado a México a los narcotraficantes. Nunca olvidaré -hasta el día que me muera- su gran estrategia contra los narcos: “Más abrazos y menos balazos”. ¡Jodeput!

El Jair Bolsonaro, que se las ingenia para parecer siempre tan despreciable, ha convertido a Brasil en un inmenso cementerio con su idea de que no pasa nada, aquí estoy yo, todo está bien. Esta semana les dijo a los de O Globo que eran periodistas de mierda, que el periodismo que hacían era una mierda. Hay que agregar que en su gobierno ha sido claro el deseo de volver a las dictaduras militares. ¿Ese tipo habrá leído algo sobre las dictaduras y los buenos modales?

A Daniel Ortega lo tenemos acá, a la par, y ese no es rebelde, es un mentiroso con todas las asquerosidades que se pueda endosar a los más mentirosos de la historia. Toda su revolución sandinista era una mentira, y ahora, sin el peso de las ideologías sobre su cabeza, se convirtió en todo lo que antes odiaba. Un bastardo dictador, asesino y déspota. ¡Ah! Y millonario.

Rodrigo Duterte, en las Filipinas, famoso también por sus comentarios homofóbicos, salió estos días con la amenaza de que al que no se dejara vacunar, le inocularía el líquido por el culo.

Así pues, señores, señoras, no se crean bendecidos por el presidente que tenemos. Es uno más de una abundante cosecha de presidentes completamente desubicados. Esto es lo malo de la democracia: cualquiera -y cuando digo cualquiera, lo hago con desprecio-, cualquiera puede llegar a ser presidente.