Había sido un día largo, casi cinco horas en carretera, desde Managua al fin llegábamos a la frontera con Costa Rica. Era un viaje de trabajo y visitábamos un campo de desplazados nicaragüenses. Antes de salir en este viaje, había visitado a mi padre, quien sufría de una enfermedad crónica y aunque hospitalizado, no esperábamos una muerte inmediata. Durante el trayecto, me agobiaba un impulso a platicar con mi acompañante sobre mi padre. Interesante pensé. No acostumbro a platicar temas privados con alguien a quien recién conocí. Arribamos al sitio, recién entrada la noche. No me había ni siquiera bajado del carro, cuando un empleado de nuestra organización salió expedito a preguntar por el Dr. Rosales, quien tenía una llamada urgente..

Opinión

A mis muertos Son mis muertos. A los que mas recuerdo. A los que, en estos días, más extraño. En el mar la vida es más sabrosa…solía cantar mi padre al dejarse acariciar por las olas del mar. Por él…

Dr. Alfonso Rosales / Médico epidemiólogo @alfonso76657962

martes 2, noviembre 2021 • 12:00 am

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Había sido un día largo, casi cinco horas en carretera, desde Managua al fin llegábamos a la frontera con Costa Rica. Era un viaje de trabajo y visitábamos un campo de desplazados nicaragüenses. Antes de salir en este viaje, había visitado a mi padre, quien sufría de una enfermedad crónica y aunque hospitalizado, no esperábamos una muerte inmediata. Durante el trayecto, me agobiaba un impulso a platicar con mi acompañante sobre mi padre. Interesante pensé. No acostumbro a platicar temas privados con alguien a quien recién conocí. Arribamos al sitio, recién entrada la noche. No me había ni siquiera bajado del carro, cuando un empleado de nuestra organización salió expedito a preguntar por el Dr. Rosales, quien tenía una llamada urgente..

Mi padre había fallecido, y tenía que regresar de inmediato a El Salvador. Probablemente, el mejor de mis amigos había partido, dejándome muchas memorias y enseñanzas, y aunque lo extrañaría inmensamente, en el fondo daba gracias que su sufrimiento había llegado a su fin. Siempre he sido un animal itinerante, gitano de corazón. Y siempre me he perdido a mis muertos, lo mismo paso con mi madre. A quien, sí lloré más que a mi padre, pues ella se llevaba mis memorias de infancia, así como su constante compañía, tanto en cercanía como en lejanía.

Al escuchar testimonios de amigos y parientes, de repente me doy cuenta, que tuve una gran suerte al gozar de padres que me aseguraron una infancia feliz, como pocas, y los cimientos para amar la lectura y el conocimiento. Mis padres siempre promovieron, a mis hermanas y a mí, la importancia fundamental de la educación, no solo como un motor de suficiencia económica, sino como un pilar fundamental de nuestro crecimiento humano. Su disciplina y ejemplo ha perdurado a lo largo de toda mi vida y es algo que he tratado de transmitir a mis hijos.

Son mis muertos. A los que más recuerdo. A los que, en estos días, más extraño. En el mar la vida es más sabrosa…solía cantar mi padre al dejarse acariciar por las olas del mar. Por el, probablemente, heredé esta pasión y amor por el océano. Este profundo deseo de no separarme de su orilla, y poder admirarlo con cada amanecer. Recuerdo los viajes, en compañía de ambos, a playas negras en el oriente de nuestro hermoso país. Esas tres y largas horas, que tanto disfrutaba en el ansiado recorrido.

Que días aquellos, ahora son recuerdos. Tesoros de mi memoria. Y ahora en estos mis años de crepúsculo, me doy cuenta de que a pesar de que la muerte es un fenómeno natural de nuestro ciclo de vida, nadie nos enseña a morir. Así como no me preocupé por nacer, no me preocupo por morir, decía Garcia Lorca. Y nadie se preocupa por aprender a celebrar ese momento, ineludible, que es la partida de nuestros muertos. Porque al reflexionar sobre la muerte, me doy cuenta de que debería ser un momento de celebración de vida, de la misma manera que celebramos un nacimiento, deberíamos celebrar el final de una vida, de un ciclo, de una estación.

Y por ello hoy celebro, en este día de los muertos, a mis muertos. A esas personas que con sus ejemplos me iniciaron en el camino de la vida, que me enseñaron a sonreír y a llorar, a saber, cuándo hablar y cuando callar, a siempre amar y saber perdonar, y por sobre todo a vivir esta vida con intensidad y pasión, sabiendo apreciar el momento, olvidando el pasado y resistiendo el futuro. A mis muertos, a mis antepasados, les dedico este día, no flores vacías y marchitas, sino mis pensamientos. Vaya mi amor por ellos, vayan mis recuerdos, que mientras yo viva, ustedes siempre vivirán.