El 20 de abril de 1998 entraron en vigencia los códigos penal y procesal penal y una fresquecita y moderna Ley Penitenciaria. El código procesal fue posteriormente sustituido por un remedo desesperado.

Opinión

A 23 años de la reforma penal Esa legislación era el símbolo de los nuevos tiempos post dictadura militar, y el inicio de la construcción de un Estado democrático de derecho. Pero la ilusión duró poco.

Carlos Alvarenga Arias / Abogado @CarlosEAlvaren

martes 27, abril 2021 • 12:00 am

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El 20 de abril de 1998 entraron en vigencia los códigos penal y procesal penal y una fresquecita y moderna Ley Penitenciaria. El código procesal fue posteriormente sustituido por un remedo desesperado.

Ya muchos países nos llevaban ventaja, sobre todo en la región, donde, primero Costa Rica y, después Guatemala, habían modernizado sus leyes. Honduras se había quedado atrás y fue hasta el 2002 que tuvieron un nuevo Código Procesal Penal, y no les alcanzó la energía para modernizar su Código Penal, al cual solo le hicieron remiendos, y fue hasta el año pasado, o sea, casi dos décadas después de la ley adjetiva, y casi tres después de Costa Rica, que entró en vigencia uno nuevo y moderno.

Y déjenme contarles que se han interpuesto varios recursos de inconstitucionalidad contra dicho código porque los diputados se redujeron escandalosamente las penas en los delitos contra el erario público, incluso a los delitos de narcotráfico y lavado de activos. ¿Raro?  ¡No! Era de esperarse. Lo grotesco, aún más, es que le bajaron las penas incluso a delitos relacionados con la violencia contra la mujer.

Pero bien, volviendo a El Salvador, nuestra reforma legal penal fue tan compleja que no alcanza el espacio para hablar de los promotores, entidades internacionales que lo financiaron, los congresos, charlas, capacitaciones que a granel se dieron desde que inició en 1990, ni de los expositores del más alto nivel de España y Latinoamérica que vinieron a mostrarnos las bondades y grandezas de dichas leyes.

La verdad esa fue una época preciosa, luminosa, asistir a cada uno de esos eventos era como salir de la oscuridad y asombrarse ante un nuevo mundo lleno de luz. Una oscuridad que había servido para que los organismos represores del Estado, léase, Guardia Nacional, Policía Nacional, Policía de Hacienda y las Fuerzas Armadas, atropellaran de tantas formas a la ciudadanía.

Esa legislación era el símbolo de los nuevos tiempos post dictadura militar, y el inicio de la construcción de un Estado democrático de derecho. Pero la ilusión duró poco.


Incluso antes de que entraran en vigencia, ya que la vacatio legis duró dos años, se alzaron voces conocedoras algunas, y otras con más pasión que conocimientos, sobre el desastre que se vendría si se aplicaban.

Un abogado las etiquetó como “leyes para suizos”. También fueron calificados como excesivamente garantistas, ya que al más mínimo asomo de una violación a un principio constitucional daba lugar a la nulidad de todo un proceso penal, con la inmediata puesta en libertad de los encausados.

Esos profetas del apocalipsis decían que lo que se vendría sería una avalancha de delincuentes que regresarían a las calles y convertirían a la sociedad salvadoreña en una nación cautiva de la delincuencia. Así fue.

Surgieron igualmente defensores (bien intencionados y con sólidos conocimientos en materia penal algunos, otros que vieron la mina de oro que eran esos códigos), señalaban que no eran garantistas, que al contrario, eran más severos que los anteriores (¿qué los que utilizaba la Guardia Nacional? ¡Ja! No lo creo).

Agregaban, además, que no podían ser culpables del aumento de la delincuencia. Ahora viéndolo en perspectiva solo les digo: ¡Qué ternuritas!

Yo estaba fascinado con la nueva legislación, desde su redacción, tan pulcra, metódica, elegante, ordenada sobre todo, hasta las nuevas instituciones jurídicas que introdujo en nuestro ordenamiento legal: ya no valía la confesión en la policía, se crearon varias instancias para que no fuera el mismo juez que investigara y el que juzgara; la modernización de la casación, y sobre todo las salidas alternas al proceso penal, tales como la conciliación, el procedimiento abreviado, la restitución del daño, el criterio de oportunidad, etc. Pero la más hermosa: la sustitución de la medida cautelar de la prisión por otras menos gravosas, una vez comprobado la existencia de suficientes arraigos.

Resultado: avalanchas de delincuentes volvieron a las calles, y el consecuente genocidio de víctimas y sobre todo de testigos. Una de las innovaciones fue darle fuerza a la víctima, participación y voz, pero fue la más jodida de todo y tengo que darles ejemplos a ustedes, pero será en la siguiente entrega.