Como todo asesinato político, el de Mélida Anaya Montes (‘Ana María’) tuvo autoría intelectual y autoría material. Aquel 6 de abril de 1983 en Managua, una torva mirada, en algún lugar, observaba con atención la concreción de un cuidadoso plan de liquidación, que parecía ejecutarse en el filo de una situación límite. La autoría material quedó clara desde las capturas que las autoridades nicaragüenses realizaron días después del asesinato. Y el juicio que se realizó en Managua, en 1984, dejó asentado esto con la condena a los ejecutores materiales. La autoría intelectual parecía quedar flotando en el aire. Sin embargo, al escudriñar con cuidado el tejido político donde se incubó aquel crimen, no parece haber dudas en cuanto a quién estaba atrás del asesinato de Mélida Anaya Montes.

Opinión

1983, Abril (II)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 27, abril 2021 • 12:00 am

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Como todo asesinato político, el de Mélida Anaya Montes (‘Ana María’) tuvo autoría intelectual y autoría material. Aquel 6 de abril de 1983 en Managua, una torva mirada, en algún lugar, observaba con atención la concreción de un cuidadoso plan de liquidación, que parecía ejecutarse en el filo de una situación límite. La autoría material quedó clara desde las capturas que las autoridades nicaragüenses realizaron días después del asesinato. Y el juicio que se realizó en Managua, en 1984, dejó asentado esto con la condena a los ejecutores materiales. La autoría intelectual parecía quedar flotando en el aire. Sin embargo, al escudriñar con cuidado el tejido político donde se incubó aquel crimen, no parece haber dudas en cuanto a quién estaba atrás del asesinato de Mélida Anaya Montes.

Y esa autoría intelectual, sin duda, estaba sostenida sobre una argumentación política explícita para justificarla. Y la categoría perfecta para que todo cuadrara era la de ‘enemigo’. ¡A quien se ejecutaría era parte del ‘enemigo’! Con ese anzuelo, los torpes e irresponsable jóvenes guerrilleros encargados de la parte material del crimen, cayeron como moscas. Esta decisión de asesinar a ‘Ana María’ no se improvisó a última hora, requirió meditación. Sigilo. Seguimiento. Constatación.

¿En 1979 comenzó este esfuerzo por apartarla del camino? No, no hay evidencias sobre esto. ¿En 1981, después de la ofensiva guerrillera de enero? Tal vez los primeros atisbos aparecieron en la reunión que el organismo de dirección de la organización a la que pertenecía ‘Ana María’ y cuyas puntualizaciones analíticas aparecieron en un documento calzado en agosto de 1981. Cinco cosas fallaron en aquella ofensiva de 1981 del FMLN: logística, comunicaciones, masas, unidad y mayor empeño político-diplomático. Y esos aspectos estaban en aquel documento. Y tales asuntos, recaían sobre ciertas áreas de trabajo. Todo indica que es el año 1982 donde se da la decantación, de parte de la autoría intelectual del asesinato de ‘Ana María’, de situarla del lado del ‘enemigo’.

En 1982, Mélida Anaya Montes regresó de un viaje formativo por Vietnam (junto a otros jefes de campo) y traía otros elementos analíticos que, sin duda, no engarzaban muy bien con lo que la misma conducción guerrillera estaba desplegando. Hay, sin duda, aquí, una posible fuente de desavenencias. ¿Con quién? Solo con una persona podía entrar en choque, con el fundador de las FPL, Salvador Cayetano Carpio, ‘Marcial’. De hecho,  mientras ‘Ana María’ pasaba en limpio y publicaba lo aprendido en Vietnam (Las experiencias vietnamitas en su guerra de liberación, 1982), ‘Marcial’ elaboraba una serie de materiales de obstinado sesgo ideologizante que giraban en torno a la noción del verdadero-partido- marxista-leninista-del-proletariado-salvadoreño, cuyo núcleo lo constituía, según ‘Marcial’, las FPL. Pero todavía aquí, la sentencia de muerte para Mélida Anaya Montes, no tenía fecha. Fueron en las reuniones habidas en Managua, por parte de los dos organismos dirigentes y efectivos de las FPL (los llamados Comisión Política y Comando Central), entre enero y febrero de 1983, donde las aguas se enturbiaron y las mentes se nublaron.

La votación que realizaron los dirigentes de las FPL para aprobar el documento resultante resultó llamativa: solo ‘Marcial’ y ‘Marcelo’ estaban en desacuerdo. Hay varios testigos presenciales que ya han dicho lo suyo sobre esto. Lo que casi nunca se resalta, porque se ha querido ver que había una rivalidad sin solución entre ‘Marcial’ y ‘Ana María’, es que había también de por medio una brecha generacional entre la mayoría de dirigentes y ‘Marcial’ (e incluso ‘Ana María’). Y, además, lo decisivo en este asunto: quienes estaban al frente de la guerra eran ellos y no ‘Marcial’ ni ‘Ana María’.

Salvador Cayetano Carpio, fundador de las FPL, percibió que había perdido el control de su organización. Que no todas sus instrucciones eran acatadas, como antes, con diligencia. Que sus puntos de vista ya no eran asumidos por los demás casi sin rechistar porque parecían incontrovertibles. También la presión de los aliados externos del FMLN, le punzaban los costados. Y esas reuniones de enero y febrero de 1983 le mostraron una realidad que terminó por desquiciarlo.


Para acabar con Mélida Anaya Montes hubo de urdir y acumular toda clase de señalamientos (incluidos asuntos de la vida privada), porque de lo que se trataba era de señalarla como parte del ‘enemigo’.

El 12 de abril de 1983 Carpio se suicidó, dejando papeles, estos sí, de última hora, para exculparse. Pero era tarde, la trama de la autoría intelectual del asesinato de Mélida había sido descubierta, y Carpio era el señalado.