Hay muchos olvidos en El Salvador. Se olvidan rápido los desaguisados de hace unos meses y no digamos los de hace 38 años. El 6 de abril de 1983, en Managua, fue asesinada de forma salvaje Mélida Anaya Montes. En ese momento era la segunda al mando de las Fuerzas Populares de Liberación —FPL— «Farabundo Martí», organización integrante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN. En las filas guerrilleras era conocida como ‘Ana María’. Aquel hecho cimbró las estructuras de las FPL, pero también las del FMLN, y puso en alerta al Frente Sandinista de Liberación Nacional, anfitrión, podría decirse, de la estancia de los dirigentes guerrilleros salvadoreños en Nicaragua. También otros aliados del FMLN giraron para ver lo que había sucedido.

Opinión

1983, Abril (I)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

lunes 26, abril 2021 • 12:00 am

Compartir

Hay muchos olvidos en El Salvador. Se olvidan rápido los desaguisados de hace unos meses y no digamos los de hace 38 años. El 6 de abril de 1983, en Managua, fue asesinada de forma salvaje Mélida Anaya Montes. En ese momento era la segunda al mando de las Fuerzas Populares de Liberación —FPL— «Farabundo Martí», organización integrante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN. En las filas guerrilleras era conocida como ‘Ana María’. Aquel hecho cimbró las estructuras de las FPL, pero también las del FMLN, y puso en alerta al Frente Sandinista de Liberación Nacional, anfitrión, podría decirse, de la estancia de los dirigentes guerrilleros salvadoreños en Nicaragua. También otros aliados del FMLN giraron para ver lo que había sucedido.

En 1975, en mayo, había sido asesinado en San Salvador, en oscuras circunstancias, Roque Dalton, quizá la figura intelectual y artística más descollante del siglo XX en El Salvador, que recién, en diciembre de 1973, había ingresado de forma clandestina al país para incorporarse a las filas de una de las incipientes organizaciones guerrilleras, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). En el mismo mes de mayo, el ERP se adjudicó la acción, asegurando que Dalton era un agente encubierto de lo que en aquel momento se denominaba como ‘el enemigo’.   El tiempo ha sido justo con la memoria de Roque Dalton y ahora está claro que todo aquello que se urdió contra él, al amparo de la clandestinidad y el anonimato, fue una burda patraña para liquidar una mente esclarecida como la de Roque que, por ejercer criterio propio, resultaba insoportable para quienes se adjudicaban la posesión de la inmaculada verdad absoluta. Su cuerpo nunca apareció. Y algunos de los responsables de su ejecución sumaria e injustificada aún andan ahí por el mundo. Y la justicia salvadoreña no ha dicho aún la última palabra. Ocho años después del asesinato de Roque Dalton se dio el asesinato de Mélida Anaya Montes. Aquí el cuerpo no fue desparecido, sino que quedó ahí, aherrojado, a la vista pública. Recibió 96 puñaladas y al final los hechores materiales le cortaron el cuello.

¿Cómo es que la segunda responsable de una de las organizaciones más nutridas del movimiento guerrillero salvadoreño pudo ser sorprendida de este modo? Esa fue una de las primeras preguntas que los investigadores del crimen se hicieron. La respuesta apresurada que las autoridades nicaragüenses difundieron, atribuyendo el hecho a una operación especial de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), da cuenta del calculado plan de la autoría intelectual del asesinato de ‘Ana María’.

Cuando Dalton fue asesinado por quienes dijeron ser sus compañeros de lucha dentro del ERP, la situación político-militar del país no era de guerra generalizada ni las fuerzas guerrilleras representaban aún una opción de poder. Y, sin embargo, el procedimiento de liquidación sumaria se impuso, quizá para conjurar un peligro futuro. Quién sabe lo que pasaba por la cabeza del jefe indiscutido del ERP en ese momento, Alejandro Rivas Mira (‘capitán Sebastián Urquilla’), principal animador e instigador intelectual del asesinato de Roque.

Lo que ocurrió en Managua el 6 de abril de 1983, con una coalición guerrillera (el FMLN) en ascenso y perfilándose ya como una clara opción de poder, y en el marco de un explosivo escenario centroamericano donde la presencia norteamericana era nota relevante, pues este hecho constituyó un grave traspié. Pero también era una salida a la superficie de toda una manera de comprender la lucha política. Porque quedaron al descubierto modos, tonos y estilos políticos que parecían superados después de 1975, con el asesinato de Roque Dalton.

Si se presta atención, por un momento, al hecho macabro del casi centenar de puñaladas propinadas por los autores materiales del asesinato de Mélida Anaya Montes, resulta que de inmediato viene a la mente el asesinato de Lev Davídovich Bronstei, mejor conocido como León Trotsky. El empleo de un piolet, por el agente del servicio de seguridad soviético (Ramón Mercader), el 21 de agosto de 1940, en México, y el picahielos empleado por los asesinos de la dirigente guerrillera salvadoreña guardan una asombrosa relación.


Es muy probable que los autores materiales del crimen no tuviesen ni idea de lo que le había pasado a León Trotsky, uno de los dirigentes de la revolución bolchevique de 1917 en Rusia. Quizá ni el mismo Rogelio Bazaglia (‘Marcelo’), quien al final se hizo cargo de la autoría total del crimen y por el que estuvo en prisión varios años en Nicaragua, estuviese enterado del asesinato de Trotsky.