La situación política de El Salvador, con la victoria electoral que llevó a la presidencia de la república a Arturo Araujo, en febrero de 1931, experimentó un momento de calma chicha, si se contrasta con las intensas jornadas de lucha social de 1930 y el cierre de espacios políticos por parte del Gobierno. La alianza electoral que aupó a Araujo era un tanto extraña y precaria, pero efectiva, y la constituyeron el Partido Laborista (de Araujo), el Partido Nacional Republicano (del que Maximiliano Hernández Martínez era candidato presidencial, antes de pasar a ser el vicepresidente de Araujo) y el Partido del Proletariado Salvadoreño (encabezado por Luis Felipe Recinos, quien había sido expulsado de la FRT, por ‘reformista’). A este agrupamiento se le sumó, por los costados, la red político-social de la que Alberto Masferrer era figura inspiradora. De hecho, Masferrer pasó a ocupar una curul en el Congreso y también fungió como asesor del nuevo presidente.

Opinión

1932: personajes y procesos (II) Las lecturas de la realidad que solo ven blanco y negro, oscurecen las interpretaciones...

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

miércoles 3, febrero 2021 • 12:00 am

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La situación política de El Salvador, con la victoria electoral que llevó a la presidencia de la república a Arturo Araujo, en febrero de 1931, experimentó un momento de calma chicha, si se contrasta con las intensas jornadas de lucha social de 1930 y el cierre de espacios políticos por parte del Gobierno. La alianza electoral que aupó a Araujo era un tanto extraña y precaria, pero efectiva, y la constituyeron el Partido Laborista (de Araujo), el Partido Nacional Republicano (del que Maximiliano Hernández Martínez era candidato presidencial, antes de pasar a ser el vicepresidente de Araujo) y el Partido del Proletariado Salvadoreño (encabezado por Luis Felipe Recinos, quien había sido expulsado de la FRT, por ‘reformista’). A este agrupamiento se le sumó, por los costados, la red político-social de la que Alberto Masferrer era figura inspiradora. De hecho, Masferrer pasó a ocupar una curul en el Congreso y también fungió como asesor del nuevo presidente.

Los efectos de la crisis económica internacional de 1929 conjuntados con los graves desequilibrios estructurales de El Salvador, crearon una trampa mortal para aquel gobierno de tinte progresista, que se vio empantanó casi desde el arranque. Entre marzo y abril comenzaron las desavenencias internas y las nuevas movilizaciones en las calles. En mayo de 1931, la represión escaló, al producirse una masacre contra campesinos en Sonsonate. En junio el asunto de las finanzas públicas era ya un problema político urgente.

En las calles la movilización popular era variada. No solo se trataba de la FRT y de la militancia comunista. Estaba la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños, que además contaba con el semanario Opinión Estudiantil y donde se expresaban posiciones mucho más desenfadadas que en los periódicos tradicionales (incluido Patria). También el tambaleante Partido Laborista salió a defender a su gobierno.

Pero a diferencia, de otros, El PCS y su tejido organizativo se encontraba trabajando en las profundidades de la zona rural, sobre todo del occidente del país. Y es que habían dado con dos hallazgos clave: por un lado, el activismo de la militancia comunista se aproximó con relativo éxito a los trabajadores asalariados del campo que estaban vinculados al café y a la caña y, por otro lado, lograron abrirse camino hacia las comunidades indígenas existentes. Todo eso, en el departamento de Sonsonate, fue mucho más claro y, por eso, mucho más explosivo.

La forma simplista como se ha tratado de estigmatizar los acontecimientos de 1932 ha pasado de largo por la finísima e imbricada trama social que había en el país, y en el occidente, donde la complejidad era mayor. Las lecturas de la realidad que solo ven blanco y negro, oscurecen las interpretaciones.

La carta abierta de Salarrué titulada ‘Mi respuesta a los patriotas’, calzada el 21 de enero de 1932, es una toma de postura intelectual frente al paroxismo que se vivía. El recuento que hace de artistas e intelectuales, del momento, es una curiosa manera de situar los alineamientos existentes y las disputas ideológicas imperantes.


La sociedad salvadoreña de los alrededores de 1932, a contrapelo incluso de lo que señalan algunas investigaciones recientes, se hallaba movilizada y activa, en sus diversos sectores y territorios, como quizá nunca antes. La Iglesia, el Ejército, la Universidad y el movimiento estudiantil, el magisterio, los sectores laborales, la prensa, los banqueros, los cafetaleros de diverso rango, los inversionistas extranjeros, la legación norteamericana, los sectores campesinos y las comunidades indígenas, todos, estaban dentro del torbellino social que se había formado y que se clausuró con el levantamiento insurreccional y el subsiguiente aniquilamiento indiscriminado de la población campesina. El Salvador ya no fue el mismo.

El fusilamiento de Agustín Farabundo Martí, el 1 de febrero de 1932, junto a Alfonso Luna y Mario Zapata, fue un acto simbólico y admonitorio que lanzaron, los militares que se hicieron con el poder político en esa coyuntura crítica, al conjunto social para mostrar qué pasaba cuando la insubordinación social se exacerba. De hecho, todo el año de 1932 la ‘cacería’ opositora fue constante, hasta que ya no quedó resistencia posible, y comenzaron los realineamientos políticos.

El autoritarismo, la intolerancia y la noción del aniquilamiento ‘del enemigo’, como asunto de Estado, logró echar raíces poderosas desde esa fecha. Y ha sido, hasta 1992, cuando cesó la guerra, que el país ha podido transitar, no sin tropiezos, por otros senderos de vida institucional.

Esto que parece una obviedad, las fuerzas políticas actuales (las viejas y las nuevas) no lo logran encajar y se imaginan que el proceso histórico es algo así como la serie ‘Game of Thrones’.